Fragmento de un capítulo de la primera novela inédita

Durante los siguientes cinco días se dedicaron a hacer paseos azarosos por la ciudad. Iban, volvían, caminaban otra vez, tomaban el subterráneo o el autobús, ocasionalmente algún taxi. Así, le dieron un breve pero intenso repaso a la arquitectura parisina y pudieron ver las huellas de la época románica en el Barrio Latino. Huellas que parecían tragadas por el estilo gótico, presente en varias construcciones, pero desatendido en su momento por el movimiento renacentista. Movimiento que, más tarde, sucumbió ante la sobriedad del clasicismo, tendencia que promovió el retorno a los orígenes del neoclasicismo y la consiguiente respuesta del Art Nouveau, el modernismo y el Art Decó, dando así el paso inevitable hacia el vértigo actual de las torres de acero y hormigón. El Trovador agradeció aquel curso acelerado de arquitectura que le brindó la Charlatana que, empeñada en querer olvidar, se había consagrado a satisfacerlo. Entonces fueron y naufragaron con el aroma de los croissants por las mañanas, montaron caballos blancos sobre una calesita oxidada, jugaron como un par de niños con los barquitos que flotaban sobre las aguas de las fuentes de las Tullerías. Al día siguiente bailaron una polca en las Catacumbas, experimentaron la ingravidez en el Planetario y mancharon con acuarelas la suela de sus zapatos, en el Pont des Arts. Apreciaron también a los hipocampos y a sus sombras turquesas en una fuente situada al final de la Avenue de l´ Observatoire, soplaron burbujas al pie del Sacre Coeur, bajaron las escaleras acompañados por un globo rojo, pasaron, esa misma tarde, la yema de los dedos por las tapas y las hojas de libros antediluvianos. En el mismo Jardín de Flore compraron una primera edición rarísima y, pocas horas después, admiraron el vendaje de las momias y el polvo de un esqueleto en el Musée de l´homme. Otro día, en el Louvre, el Trovador casi pesca una tortícolis de tanto ver claraboyas sucias mientras la Charlatana permanecía boquiabierta ante ¨la Gran Odalisca¨. Un mediodía lluvioso volvieron los dos caminando, sin paraguas, desde el antiguo Monte de Mercurio. Al llegar, por pedido expreso de ella, se encerraron en la vieja habitación. Allí, la charlatana chateó con conocidos e ignotos como si no hubiese un mañana, publicó imágenes, videos y textos con faltas de ortografía en sus redes sociales y luego se quedó boquiabierta, haciendo zapping frente a un televisor. El Trovador, recostado o sentado al lado de ella, emitía suspiros que tenían un perfume parecido al amor. Al día siguiente dejaron un clavel marchito en el ocho de la rue du Val de Grace y en la Cité des Sciences viajaron hacia el interior de un ladrillo virtual. Luego esquivaron hordas y más hordas ruidosas de turistas que parecían clonados y esa misma noche se la pasaron repiqueteando sus respectivos veinte dedos sobre una mesa ratona, fumando marihuana y bebiendo energizante con vodka en un club de jazz. Más tarde, al amanecer, en el Square des Innocents, se besaron con lengua y café con pan. En el Musée du Cinema, la Charlatana estornudó y llenó de mocos la sombra de un truhán y, al salir de la sala, el trovador simuló desmayarse ante una antigua colección de instrumentos de cuerda y de percusión. Algunas veces jugaron a corromperse mutuamente, hasta quedar exhaustos. A menudo la Charlatana hablaba durante horas por teléfono, por lo general confundía los idiomas, los lugares, los tiempos. Una tarde, en el Pont de la Concorde, comieron cada cual sus lágrimas saladas y prometieron recordarse hasta siempre y luego hasta jamás. Horas después, en los Campos de Marte, se dedicaron a jugar a las escondidas y a tallar sus apodos sobre el viejo tronco de un ciprés. Esa misma noche, en la Place des Voges, hicieron un concurso de eructos y vaciaron raudamente tres botellas de champagne hasta que, viendo el estado en el que se encontraban mientras hacían  usufructo ilícito y beodo de una porción prohibida de un espacio supuestamente público, un inescrupuloso gendarme los despertó con un par de severos puntapiés. Otra noche, en la habitación, mientras reventaban mosquitos con aplausos, sintieron que alguien los espiaba a través de la cerradura y coincidieron en que aquella era una presencia idiota y perversa, pero ninguno de los dos se molestó en ir a constatarlo. Durante esos días paladearon también las trufas, las castañas asadas, los helados manufacturados con aguas de vertiente alpina, las almendras tostadas cubiertas de chocolate semi amargo. Comieron muy pocas ostras, apenas probaron con cierto asco las chuletas de cerdo, el jamón de Bayona no los sorprendió y las ancas de rana a ella le resultaron espantosas y a él deliciosas. Comieron también arenques, alondras, caracoles, merluzas y un esturión, luego vomitaron todo al unísono y entre carcajadas y compartieron albaricoques, grosellas y ciruelas con dos escultores y tres prostitutas de Avignon. Bebieron vino del bueno, vino más o menos y vino muy malo. El viernes hicieron una escapada hacia el bosque de Compiégne, donde observaron detenidamente a un par de ciervos que copulaban  desesperadamente y con fruición. Esa noche, al volver, muy debilitados por tanto ajetreo, ya tendidos ambos, decúbito dorsal, en la cama matrimonial de la vieja habitación, al Trovador, por primera vez en todo aquel tiempo vivido, se le ocurrió observar en dirección al armario. Arriba, dentro de la jaula, yacía el cuerpo inerte del loro, que se encontraba gélido y de espaldas, con las patas tiesas.*

París / 1996  (revisado y actualizado)

© Nicolás García Sáez

*Se requiere a un editor atento, expeditivo y con experiencia para la publicación de esta primera novela inédita