Acerca de ¨Neptuno y las Faunas¨ (2)

Neptuno y las faunas abre el universo tal como fue abierto por los primeros dioses cada madrugada, justo asomándose estaban los primeros rayos de algún sol, en alguna cueva del fondo del mar, en alguna esquina oscura de una noche interminable. Abre el universo con un sonido, con un chasquido, con un gesto mínimo, casi imperceptible, de manera gentil y arrogante. Página a página, expande un horizonte abisal sobre cuyo reflejo mar, sobre cuyo reflejo cordillera, se ven danzar los pares, siempre uno y el mismo, siempre nido y semilla, celebrando el nacimiento de cada nueva pequeña bestia. Se presencia, desde lo alto, un caballito de mar flotando en el prado. Quien lee Neptuno y las faunas es partícipe de ese primer suspiro, se vuelve aprendiz de una cartografía aún fresca, con los dedos acariciando cada verso finaliza su apertura, concluye su expansión. Es a cada paso de página que lo naciente se conforma, como un puñado de células flotando en la oscuridad se hace espacio en el vientre materno, como dos placas tectónicas chocan para hacer crecer con los miles de años una nueva colina. Acá, en este lugar y tiempo asido al ritmo, asido a la rima, en este cosmos que, entre otras cosas, es apelación a la música, es posible junto al monje experimentar el sonido/de una flor/el aroma/de un color. En el comienzo fue el sonido, en el comienzo fue el chasquido, en el comienzo fue la armonía entre las partes, y a ese comienzo vuelve quien leyendo crea, quien creando reformula. Así, de la mano del primer habitante entra al lago quien lee, siguiendo la luz intermitente y siempre milagrosa de una luciérnaga, al tanto de lo que le espera: una orgía de aromas/que niega la existencia/de imágenes y brújulas/apuntando con certeza/la sorpresa/de cualquier sinrazón.

Prólogo de Keila Vall de la Ville para las traducciones al portugués (Netuno e as Faunas) y al francés (Neptune et les Faunes) del primer poemario de Nicolás García Sáez / Editorial Oliverio