“No vasto campo/escuro, noturno/argentino/se apaga/e se acende/o milagre”. Y si ahora le dijese a alguien que no lo supiera, que un pirilampo es una luciérnaga, lo mismo daría. Esto explica por qué la traducción de Paola Arbiser parece, por momentos, ser el mismo libro, o el otro, en distinto idioma. Nos hace el truco de magia y no puede diferenciarse el ritmo entre uno y otro, como no puede discernirse el rumor de una y otra ola. Entonces, eso, que la poesía es forma, lucha de forma, pero no solo eso, también, y sobre todo, es voluntad de forma (y es música y sentido, y lo que está por fuera del sentido, y lo que no puede definirse y sucede… y más). Flaubert decidió que en el siglo XIX la prosa tomaba el relevo de la poesía en cuanto a búsqueda de las formas y las estructuras. Como el cuento en que el barquero debe dejar su remo a otro para librarse de la maldición de remar sin descanso, era tan fácil para la poesía liberarse de la obligación de representar a la literatura y el orden que debía al mundo (ese papel de profesor de colegio, de triste dios de iglesia), como, sencillamente, soltar el remo y dejárselo a la prosa. Pero tal vez el barquero echa de menos su remo. “¿Adónde guardo ese momento/azul y tibio/tenue fresco/o luminoso/cuando las luces/de algo parecido a la melancolía/se apagan?”, se pregunta Nicolás García Sáez. La literatura es libertad, pero la poesía es la libertad de la libertad, esto también es una dura carga, como cuando el caballito de mar deja ir a su descendencia, porque ese es su destino, pero no su deseo. “El parto/de un caballito de mar/es asombroso/padre, mujer/deja ir a la deriva/el fruto de su esfuerzo/musgo tierra baldía de agua sucia/tiniebla de miel embravecida por la marea/¿qué pensará un caballito de mar?”. Así como la prosa es un ejercicio de libertad, la poesía es su contemplación. Se da la poesía como se da educación a los hijos, jugando a ser más sabio. No sabes más de la vida, pero haces como que sí, y así esperamos, tenemos fe en que los lectores imiten al arte y acaben siendo libres. Esa es nuestra fe.Nuestro juego. La nueva poesía, la poesía que se escribe en el presente juega a dudar de sí misma porque ya no está sujeta a la forma, las corrientes o las generaciones, porque ya poca gente la mira y sabe identificarla y, como los unicornios, nos fiamos de lo que nos cuentan de ella, y le inventamos entre todos un nombre y una forma. Neptuno y las faunas es la irrepetible aportación de su autor. Él juega a no hacer poesía en el acto de hacerla, y así es jugador y poeta.
Prólogo de Rebeca Tabales para las traducciones al portugués (Netuno e as Faunas) y al francés (Neptune et les Faunes) del primer poemario de Nicolás García Sáez / Editorial Oliverio