Los dos alzaron la nariz para apreciar la dulzura en el aire. Los aromas por aquella zona eran embriagadores. Todo reverdecía a mediados de la primavera. El clima era templado, el cielo estaba a punto de nublarse. Extraños pájaros volaban y chillaban al ras del lago, en donde decenas de cocodrilos no dormían la siesta. Cada tanto se producían momentos de silencio que duraban una eternidad. Se escuchaba, a lo lejos, la cascada de un río mientras los céfiros arrancaban sombras de colores que ya no existen entre las flores. Ambos volvieron a oler por enésima vez lo que había en el aire, esta vez a destiempo.
Esta es una historia que muy pocos conocen. Una historia que hace algunos años viajó de contrabando desde Europa y llegó a mis oídos. Hoy es la primera vez que me animo a contarla. Por lo tanto, lector, siéntase un privilegiado al poder participar de un momento importante en la vida de este personaje célebre que pudo haber marcado el curso del planeta.
Apenas despertó, el mandril ya sabía muy bien lo que tenía que hacer. Bostezó, se rascó la panza crujiente, olió con fastidio una cáscara vieja de manzana, caminó unos pasos, apoyó la mano en uno de los barrotes de la jaula y confirmó la tranquilidad asfixiante en el zoológico, que por ser lunes estaba cerrado. El mandril bostezó otra vez, hizo un sonido con la lengua, abrió la boca, se golpeó el pecho varias veces y emitió un grito impresionante y extraño, acorde con su naturaleza, pero también cargado de un significado que encendió la mecha de inmediato.
© Nicolás García Sáez
*Se requiere a un editor atento, expeditivo y con experiencia para la publicación de esta trilogía de cuentos inéditos