Tres crónicas serranas publicadas en las redes

Un sábado de fines de verano en el río Cosquín

El amanecer se despedía hasta el día siguiente. Madrugué, como casi siempre, pero esta vez para realizar el encargo de unas fotos puntuales. Los solicitantes querían decorar una de las paredes de su casa con varias imágenes clásicas del Río Cosquín. Ok, dije, y me dirigí hacia la capital del Folklore por la ruta 38 observando la serranía, y luego la naturaleza proponiendo sus paisajes, y así los ríos que perseguía con la vista. Pensé, durante el trayecto, en la cantidad de atractivos que tenemos a nuestra disposición los que habitamos durante una parte del año en el Valle de Punilla. Y como a veces postergamos los desplazamientos poniendo excusas que, al fin y al cabo, solo sirven para perdernos visitas a tantos lugares extraordinarios y cercanos. Pero, se sabe, al que madruga alguien lo ayuda y una vez que nos encontramos allí corroboramos el fruto del pequeño esfuerzo, una decisión que nos compensará a lo largo del día o de los días dedicados al circuito con un rosario de sorpresas, o un cúmulo de extrañezas, que podrían ser lo mismo, pero no.

 Durante este sábado cercano que va clausurando la canícula, es notoria la ausencia del rugir de las multitudes y el clap clap de los aplausos cuando uno observa la Plaza Próspero Molina prácticamente vacía. Imagino también allí, en la lejanía más cercana, valga la paradoja, o el oxímoron, si cabe, a las huestes de entrañables zombies sudorosos rockeándola a full, todos embriagados durante largos días, empapados con los decibeles virulentos, porro paraguayo prensado, o flores (los más avispados) y ferné. Pero aquí, el escenario Atahualpa presenta apenas la sombra de lo que fue y lo que será el año que viene y esas nueve noches de la última semana de enero, que marcan una de las agendas musicales más importantes de la Argentina, parecen descansar o transformarse ahora en versiones modestas, aquellas que escupen por los parlantes los aparatos electrónicos que tienen los empleados o los dueños de los locales comerciales que rodean al terreno extenso. Observo, toco las vallas, luego las artesanías, consulto el precio de un poncho y escucho las melodías potentes de un chamamé de Tarragó Ros, eterno en su acordeón. Paseando, pienso que estoy en un museo en suspenso que revivirá de sus cenizas para dejar de serlo en la próxima temporada. Concluyo que, de todos modos, la sensación es agradable, incluso muy agradable. Con ese ánimo compro frutas y agua mineral en un almacén de persianas y rejas oxidadas. Me dirijo hacia el río. Camino por calles tranquilas, casi vacías, mientras compruebo como siempre me llaman la atención esos pequeños comercios que ofrecen la compostura de calzados, la reparación de televisores, o kioscos y barcitos que la gente de la periferia monta en sus propias viviendas. Casi llegando al Río Cosquín todo cambia. Dos cuadras antes, ya se siente la humedad en el aire de la mañana. Se escucha el ruido del agua diáfana. Me encuentro ahora presenciando un paisaje que veo siempre tras la ventanilla de algún vehículo, como cortina de fondo o escenografía pasajera, pero que hoy decido recorrer a pie.

Llego a la orilla tarareando la inevitable ¨Zamba para un cantor enamorado¨. La canto sereno pensando en lo que el gran Figueroa Reyes le podría estar aportando al folklore actual. Un aporte magnificado por esa voz celestial que me hace contemplar la lejanía, buscando o intentando escuchar el lamento que le brotó del pecho al salteño para regalárselo a las sierras. Y si hago el intento, lo imagino para luego verlo en la orilla del río con su guitarra y el amor perdurando para siempre en su canto. Dudo de la empalaguez y busco distraer mi atención. La encuentro varios metros después en un grupo familiar que está meta mate y cuarteto alrededor de un fitito: una pareja, el padre o suegro, deduzco, de alguno de los dos, un hijo adolescente de la pareja y un perro. El perro, al igual que el suegro y el adolescente son de dimensiones, digamos, orondas, me pregunto como harán para introducirse en el vehículo una vez concluída la jornada de ocio. No encuentro una respuesta irrefutable pero a cambio imagino al Yuspe, trémulo entre Los Gigantes, y al San Francisco, los dos ríos y su encuentro en La Juntura que son, al fin y al cabo del correr manso o turbulento del agua, los que le dan origen a este otro río que ahora observo hipnotizado. Un río corto, según los geógrafos, de trece kilómetros, pero extenso si se decide una caminata que nos permitirá visitar o pispear de reojo a las apacibles y recomendables localidades de Santa María, Villa Caeiro y Bialet Massé, para culminar en lo que sería la cereza de este postre sabatino, el fabuloso lago San Roque. Pero allá está el lago, al que acudo cada vez que puedo, y aquí siguen los pensamientos y mis ojos observando algunas casas extrañas, deshabitadas, tal vez abandonadas, viviendas con grandes ventanales que dan hacia el tumulto leve del agua cristalina. Y también están los árboles altísimos como centinelas centenarios del río, los sauces llorones, las piedras gigantescas, prehistóricas, las flores rarísimas, los niños jugando en una placita diminuta y muy poca gente en el agua. Cuatro kilómetros más adelante, con las zapatillas embarradas, algunas fotos hechas y buena parte de las frutas consumidas, entiendo algo más sobre el tiempo, en parte gracias al recuerdo apenas tibio de la lectura de unos textos de Borges, aquellos en donde el ciego universal (que tanto veía) apunta hacia la archi conocida frase de Heráclito de Éfeso: “No nos bañamos dos veces en el mismo río”, palabras claras como el correr de los segundos y que, a su pesar, alejado de la multitud, catapultaron a cierta fama al padre oscuro de la doctrina del devenir, en donde todo fluye, como el tiempo, como el agua, que jamás será la misma que estoy viendo en este momento, como la última manzana que no decido comer y que observo, intentando el principio de un satori serrano, durante media, una, casi dos horas para contemplar serenamente la fruta que se va alterando mientras descansa en la arena de una de las orillas más amplias del Río Cosquín.

Un sábado de otoño en San Esteban

¿Para qué querés ir a San Esteban si es un embole? Me preguntaron. ¨Para relajar, desconectar, queda al toque¨, contesté, ocultando mi empeño, durante este primer cuatrimestre del año, en continuar descubriendo una provincia pletórica de encantos. Pero, como sucede siempre cada vez que se habla de aquel pueblito, perspicacias de vuelo dudoso comenzaron a taladrar mis oídos. ¨San Esteban es más aburrido que ´Lo rojo y lo negro´ de Stendhal. Más aburrido que el ´humor´ de Liniers. Es más aburrido que jugar al golf¨. ¨Stendhal tiene cosas interesantes¨, objeté pobremente, pero del otro lado ya se habían retirado.

Así las cosas, le hice caso a mi antojo, me subí a mi moto y hacia allí me dirigí. Atravesé el magnífico (el adjetivo le queda corto) camino que atraviesa serpenteando las localidades de Cruz Chica, Cruz Grande y Los Cocos, sintiendo como todos mis sentidos (incluso el gusto, que tragaba al viento) agradecían la gloria de los paisajes y el principio tan colorido de este otoño. Durante el trayecto, le toqué el claxon a un ómnibus de larga distancia. Otro ómnibus me tocó el claxon a mí. Soy un devoto de la reciprocidad, siempre lo digo. Entonces  crucé la ruta 38, miré hacia un lado, hacia el otro. Al llegar a San Esteban reconocí resignado los augurios ajenos. El pueblo, en fin, parecía un embole.

Estaciono. Un cartel a la vera del río Dolores propone un itinerario cultural (la casa de Hugo Wast, que visitó Gardel, un molino diseñado por Eiffel, el de la torre parisina) con un slogan que reza: “Donde el sol viene a pasar el día”. Muchachos, cráneos del marketing turístico, encargados de la promoción del Valle, media pila, pienso. ¿Por qué el sol no puede establecerse durante buena parte del año en San Esteban? ¿O durante todo el verano? Ponele que el sol sale, se oculta, se duerme, vuelve a salir, no sé, busquen un mensaje acorde a esa ciclotimia. Pero que el sol vaya a pasar solamente el día no invita a establecerse largo y tendido por esos pagos. Aunque, a priori, uno puede reconocerles cierta y exacerbada sinceridad.

Luego de una hora de caminata, concluyo que mis razonamientos iniciales sobre ese tema pueden ser erróneos. Luego de dos horas de caminata concluyo que mis razonamientos iniciales sobre ese tema definitivamente son erróneos. El pueblo es encantador, muy fotogénico. Y tal vez allí se busque eso. O, mejor dicho, tal vez allí no se busque nada, o solo pasar el día y de este modo también evitan, incluso sin quererlo, ser un parque temático de “lo bohemio”, algo que si ocurre en varios pueblos muy cercanos. Laissez faire et laissez passer, le monde va de lui même. Espíritu nihilista. Iconoclasta.

Camino mientras me acompaña el murmullo, o el susurro, permanente del río. La poca gente dispersa o reunida está muy tranquila. Hay zonas amplias de pasto cortado al ras que invitan a tender la lona o el pareo, aptos para la charla decúbito dorsal y las delicias que uno elija para el picnic. También hay garzas que aparecen de la nada y emprenden el vuelo en cámara lenta, cálida nieve con alas que parece puesta allí adrede, pero no, están, forman parte del paisaje y nadie las molesta, excepto los perros, jaurías repentinas que se creen las dueñas de todo, y que son las mejores amigas del hombre, y que yo amo con toda mi alma, y bla bla. Pero también, todo hay que decirlo, a veces resulta molesto no poder dar un paso en falso (falso para el montón de perros, claro) sin que a uno le ladren, le gruñan, le muestren los colmillos tan bonitos y afilados. Los caballos no, son todo lo contrario, andan por allí atados o sueltos y se le acercan mansos a uno, lo olisquean, posan para la foto, siguen pastando.

Voy por un camino paralelo al río, luego un caminito, y así un sendero ascendente que deja de serlo para transformarse en unas pocas huellas, barro inquieto, alguna señal perdida que ahora es un pastizal de dos metros en el que me veo envuelto mientras el bicherío querendón de la serranía más profunda se me prende en los pantalones, los brazos, la cara, comienza a devorarme lentamente. Soy cielo, soy tierra, soy sierra. Soy viento y agua. Allí, congelado durante una media hora que se hace eterna, no sé quien soy y no me convence la idea de un pernocte inoportuno y tenebroso a la intemperie. La peli “Into the Wild”, tan en boga entre ciertos sectores intensos de la juventud mundial, es muy inspiradora y deja mensajes contundentes en el espectador, pero yo ya no soy un veinteañero y tengo ganas de entrarle a una merienda en el pueblo. Me despido de los bichos, las arañas, alguna víbora de la que no quiero enterarme y vuelvo a la luz del sol, que se está yendo. Escucho el río. Lo sigo escuchando y es una maravilla. Céfiros y el aroma del cosmos. Tierra seca y húmeda. Peces diminutos que apenas chapotean a un costado y se esconden bajo las piedras, que ya no son doradas. Comienza a oscurecer y sospecho que acabo de aprender algo importante, aunque todavía no sé muy bien de que se trata.

Un sábado de otoño en Alta Gracia

Del otro lado de la ventanilla observo varios enanos de jardín. También por allí veo una pelopincho azul y usada, docenas de matafuegos, palas, baldes, cunas, ropa, canastos, pan de Characato, vino patero, mortadelas, entre otras millones de cosas. Alternativa de cualquier crisis, concepto emergente de alto vuelo, a la vera de la ruta 5 un Mercado de Pulgas al aire libre entretiene a la gente de la zona durante la mañana avanzada de este sábado fresco y radiante. Adentro, en el ómnibus, estamos todos apretados y por los parlantes se escucha a uno de esos supuestos cantantes románticos desentonando una prosa infumable. El ómnibus avanza y yo me abstraigo para subirme al ping pong de la tonadita familiar y encantadora, me río allí mismo, de pie, mitad sardina, mitad humano, ante una catarata de elocuencias, tan ocurrentes, emitidas por mis compañeros efímeros de viaje. Calor humano. Luego aparece en el paisaje el Cottolengo Don Orione, algunos campus de universidades, campos vastos y fértiles. Un escalofrío acompaña mi sorpresa cuando irrumpe en la escenografía móvil el monumento que Barón Biza le dedicó a su esposa, fallecida en un accidente de avión. Escalofrío que más tarde, a la vuelta, mientras anochece y en el medio de la bruma, se redoblará al ver a esa mole infausta y melancólica que ya lleva decenas de años allí, juntando polvo y telarañas, misterios y fantasmas, una mole que supera en altura al obelisco porteño. Pero ahora, hoy, aquí, sacudo la cabeza para cederle el turno a los campos floridos, prepotentes bajo el sol, y no puedo evitar una comparación, muy tenue, con los tulipanes de Holanda.

 El ómnibus merodea por los suburbios de una localidad que no visito desde mi infancia. Un gran porcentaje, la gran mayoría de las casas y cosas, casi todo parece haber quedado suspendido en el tiempo. Y no es por el mero recuerdo de los afectos, que ya no están allí, sino por la sensación de pertenencia y complicidad que acompaña a cada calle, cada casa, cada cartel que se sigue escribiendo con tiza y letra desprolija. Dudo del lugar simbólio y anímico de la nostalgia ya que el pasado dice presente en todos los rincones. Recién en la Estación de Ómnibus comienzo a sentirle cierto sabor a la extrañeza, que se desdibuja o acentúa o se confunde apenas bajo a mojarme las manos en el Chicamtoltina, infinitamente más modesto que aquel río legendario, aguas bravas, fuente de mis más afiebradas aventuras cuando contaba con apenas seis años de edad.

 La primera visita casi obligada cuando uno se encuentra aquí, en Alta Gracia, es la casa-museo en donde vivió y murió el músico y compositor español Manuel de Falla. Ingreso y una guía amable me da algunas indicaciones. En el living, un turista robusto, que suda copiosamente, ejecuta piezas del andaluz en un piano apto para el público. No está mal, aunque podría ser mejor. Acompañado por las melodías del piano camino unos pocos pasos y trago saliva al ver la cama espartana, diminuta, en la que falleció Don Manuel. Al parecer el loquito de Franco se la quería seguir incluso después de muerto. Y a raíz de aquel tironeo el artista excelso fue devuelto a España. Hoy descansa en Cádiz. Continúo el recorrido y veo objetos personales del músico encerrados en vitrinas: aprecio partituras, trajes, cartas, recorro la cocina, los baños, el piano con las manos en el que tocaba hasta altas horas de la madrugada con las ventanas abiertas en invierno y un bracero en verano. El cuerpo del músico seguía viviendo acorde a las estaciones de Europa, dentro de aquella casona que había alquilado junto a su hermana, y que había elegido por estar inmersa dentro de un microclima que le calmaba el asma mientras, de paso, debido a la arquitectura poco contaminada de aquella época, le traía los mejores recuerdos de La Alhambra.

 Hay que atravesar el Chicamtoltina, al que ahora veo como a un arroyo seductor, que incluso invita a mojarse un poco, y luego subir algunas cuadras de tierra húmeda para llegar a lo de Dubois. En el camino se aprecian majestuosas las Sierras Chicas, que enmarcan la parte oriental de este gran Valle de Paravachasca. Gabriel Dubois probablemente sea uno de los escultores más importantes que tuvo la Argentina. El hombre, de origen francés, construyó obras monumentales que pueden verse, entre otros tantos lugares, en el Congreso y el teatro Colón de Buenos Aires. La casa en la que vivió tiene algo de salvaje, que transmite también una contención muy cálida y un toque elegante, o desquiciado, o ambos, no termino de decidirme mientras veo las piezas que realizó con materiales que él mismo buscaba en las sierras. El taller que utilizó hoy funciona como lugar de enseñanza y por allí deambulan cuatro o cinco gringas hablando un idioma extraño y poco expresivo que desconozco por completo. Hay una escultura en el jardín en la que aparece su esposa justo antes de morir, allí, enferma y tendida junto a su hijo. La escultura fue un pedido expreso, la última voluntad de su amada.

¨¿Che, donde queda la casa del Che?¨, ¨¿Para que querés saber?¨, ¨Yo no, acá, el gringo (esta vez el gringo soy yo) me está preguntando¨,  ¨Dos cuadras para abajo y en la esquina, a la izquierda, tres o cuatro para arriba¨. Lamento profundamente haber interrumpido el diálogo interesantísimo sobre los novios intercambiables, una orgía o algo así, que estas dos señoritas estaban manteniendo en el interior, una, y el exterior, la otra, del kiosco en donde compré mi jugo de naranja envasado, pero tengo cierta urgencia en llegar a la casa que habitó, durante años clave de su vida, uno de los seres más famosos de la historia de la humanidad. Y esto, guste o no guste, estés de acuerdo o en desacuerdo con él, es un hecho. Como también es cierto que el hombre las tenía bien puestas y llegó hasta el fondo de los dictados de su corazón. ¿Máquina de matar y homofóbico? ¿Romántico y utópico? Y ahora, en este sábado de fines de otoño, aquí estoy entre las calles silenciosas de un barrio residencial plagado de mansiones señoriales. Llego por fin al museo, el plato fuerte de mi visita a esta “ciudad con encanto de pueblo”, según reza el slogan que la promociona. En la entrada de la casa del Che hay un hombre que, expeditivo y despierto, ofrece a los visitantes salames de Colonia Caroya. Hay gente por todos lados. Muchos extranjeros. La casa no es una mansión, pero tampoco la vamos a tildar de modesta. Es una buena casa, tirando a bastante buena. El aire que se respira, una vez adentro, es intenso. Comienzo por la habitación en la que dormía el Che, que en aquel entonces aún no era tal, sino un niño inquieto al que todo el mundo llamaba Ernestito. Veo fotos, dibujitos hechos por él. Y allí, invadido por una tristeza extraña, oscurecida por una nostalgia remota y ajena, uno se pregunta para qué visita esos lugares. Es raro decirlo, pero la presencia de los antiguos habitantes deambula por la vivienda constantemente. Y entonces se produce, permítanme la paradoja, un estado de masoquismo placentero que nos invita a pasar a la siguiente habitación. Los cordobeses aman las motos y los autos casi tanto como a sus respectivas madres. Y al ser medio cordobés, me incluyo parcialmente. De este modo somos varios los que estamos frente a esa magnífica Norton inglesa de 1936, la mismísima que el Che utilizó en uno de sus legendarios viajes por Latinoamérica. Todos estamos observando el vehículo con mucho cariño. Incluso con excesivo cariño. Hay uno que se pasa el antebrazo por la boca. Pero nos despertamos. Y, al darnos cuenta de donde estamos, nos ubicamos. Yo doy media vuelta y me distraigo con una crónica enmarcada, de redacción precisa, que Ernestito publicó sobre el Machu Picchu. Continúo. Durante el recorrido también se puede apreciar la bici que Guevara usó durante su primer viaje por la región central de nuestro país, también el jardín de la vivienda, amplio y cómodo, una habitación que muestra las fotos que registraron la visita que le hicieron a esta casa, en el 2006, Chávez y Castro. Además otra habitación en la que hay fotos del Che en el Congo, en Cuba, en Bolivia o en Punta del Este. Pero, personalmente, me conmueve la cocina de esta casa en la que Doña Rosario le cocinaba a Ernestito (las recetas están allí) sopa a la mallorquina, filetes de lenguado a la milanesa y trufas con terner a la Périgord.

Atravieso el Hotel Sierras, hasta hace poco abandonado, hoy un complejo amplio y lujoso que cuenta con un casino importante, propiedad de Howard Johnson. En sus piletas nadaba el Che junto a su familia durante los tórridos y siempre encantadores veranos serranos. Pocas cuadras después me encuentro con el Tajamar, el dique artificial más antiguo de Córdoba, construido por los jesuitas en 1659. Allí se reúne una gran cantidad de gente y el alboroto retumba hasta en los troncos de los sauces más llorones, provocando un entusiasmo que invita a moverse al compás de cuarteteros, para mi aún ignotos. Y mientras escucho las radios que suenan a todo volumen desde los cuatro puntos cardinales, observo a la gente que pesca, que corre, que va, y vuelve. Arriba el cielo se nubla. Sopla un viento fresco y melancólico. El agua del dique baila para un lado, baila para el otro mientras regreso a mi infancia y la tarde se apaga.

© Nicolás García Sáez / Año 2014