San Antonio de Areco, cuatro argentinas que hablan en francés y el gaucho Miguel

Frente a la plaza, tomo el desayuno en un local amplio, de mobiliario rústico. El sol se filtra por los ventanales. Me llama la atención que cuatro mujeres argentinas hablen en francés. El resto de los parroquianos, en silencio, lo observan meticulosamente a uno como se suele observar a los forasteros en todos los pueblos del mundo. Un detalle interesante, si tenemos en cuenta que estamos a menos de dos horas de la Capital Federal, allí, en donde muchas veces la gente, por fortuna o desventura, ni siquiera sabe quién es el vecino que vive en su propio edificio de departamentos. Al salir del boliche, compruebo que la plaza está impecable. Veo a un guía de turismo, dos extranjeros, vehículos de alta gama, a un gaucho con boina, camisa, corbata, bombacha y ojos ásperos. Escucho saludos afectuosos entre los habitantes. Un murmullo, un susurro, tal vez un chisme. Camino por calles empedradas, como las que todavía no se comió el asfalto en Buenos Aires. Abundan los locales comerciales con temática campestre . Compruebo en imágenes una disposición real de los elementos, tanto, que probablemente inspiren e incluso le dicten cátedra a esas revistas de decoración que se dedican a resaltar (o a interpretar) “lo rústico”. Al llegar al río Areco, giro raudo la cabeza buscando el emblema de San Antonio. Lo veo a lo lejos, cincelado en el paisaje, enmarcado por unos sauces, el Puente Viejo no es como el de Zárate-Brazo Largo, pero sus dimensiones modestas encajan perfectamente con buena parte del espíritu del pueblo.

A las once de la mañana, cruzando el Puente Viejo (que está allí desde 1857) , el silencio que ofrece la zona es inquietante. Hay algunas construcciones bajas con gallinas pululando en los jardines, perros que levantan la cabeza y dudan entre ladrarme o seguir durmiendo. Poco a poco se impone el esplendor del campo vasto. Chicharras y pájaros monotemáticos dicen lo suyo, caballos que pastan, vacas que mugen y mueven la cola contentas, niños que van o vuelven del colegio en bicicleta, una camioneta que transporta fardos de alfalfa y levanta una polvareda molesta. A cuatro o cinco cuadras del puente se encuentra el otro emblema del pueblo, un museo dedicado al escritor Ricardo Guiraldes (nativo del lugar y autor de la novela “Don Segundo Sombra”), que está parcialmente cerrado debido a una inundación, ya lejana en el tiempo. La parte visitable más llamativa es la que representa a la antigua pulpería “La Blanqueada”, con algunos muñecos que se miran fiero entre ellos y, a primera vista, provocan algo así como un escalofrío. Afuera todo es distinto. El campo amable y prolijo recibe a quien quiera conocerlo.

Recorro varias hectáreas en estado de éxtasis. En un galpón hay un gaucho conversando con un empleado del museo y pocos segundos después me veo envuelto en la tertulia. El gaucho se llama Miguel y me invita a visitar a su tropilla, que se encuentra en un campito cercado. Hacia allí nos dirigimos. Montado en su caballo blanco, luego de algunos correctivos guturales y unos campanazos, el hombre va y viene con los gateados que trotan y corren, brindando un espectáculo aparte, una puesta en escena frente a la que me tengo que pellizcar un par de veces para corroborar que lo que sucede frente a mis ojos no es la filmación de la publicidad de unos jeans o una nueva gaseosa light.

Creo que ya he señalado alguna vez en este Suplemento que me interesan los recorridos laterales, aquellos que no están en el estricto circuito turístico y permiten que uno se pierda, para así poder encontrar lugares extraordinarios. Del otro lado del Puente Viejo, recorriendo la senda paralela que mira hacia el Club Náutico y el de los Pescadores, un lunes de otoño puede presentarse con todos los encantos de su extrañeza. Una vez inmerso en el bosque, sin perder de vista al río, cierto silencio exquisito parece multiplicarse al contemplar los clubes vacíos, las canchas de polo y de fútbol inmaculadas,  accesibles, infinidad de parrillas y mesas y bancos de madera que invitan al reposo, la lectura o la contemplación. El suelo está plagado de hojas ocres que crujen a cada paso. Al cielo lo tapan los árboles. Un perro puede ser un amigo efímero que cada tanto nos hará compañía. Dos polacas perdidas parecen, allí mismo, más extraterrestres que simples turistas. Un caballo negro y otro blanco beben agua sin prudencia y enfrente, al otro lado del río, se aprecia el campo, justificando buena parte de la visita a este lugar que en el atardecer de otoño parece agigantarse hacia el infinito. O al menos hasta donde llega la vista. 

© Nicolás García Sáez* / Diario ¨La Portada¨ / *Editor del suplemento de viajes, turismo y cultura*

Año 2013 / San Antonio de Areco

Ejemplar impreso a disposición del/la interesado/a