Las runas

Es curioso saborear el milagro. Todo sucede, se revuelve y vuelve a encausarse.

 La noche densa no da tregua hasta que el cansancio amerita un brindis con Morfeo. Hay algo parecido a una pesadilla suave, desagradable, el sol de la mañana es intenso y ruidoso. Vacío, tristeza, rapidez. Los recuerdos se atropellan entre la duda y la maravilla, se acaba de cortar el hilo que nos unía.

En medio de la turbulencia, los manotazos de nadador herido se zambullen en aguas calmas o indiferentes. La herida sabe, como un rayo, que el tiempo para ese menester es acotado, hay que superarlo. Pero un paso lleva al otro y el abismo es agridulce. En ese devenir aparece un duende.

Una tempestad indómita, un tsunami tailandés, el huracán más temido del Missisipi se juntan en un revoleo de palabras punzantes, el hielo más fino del océano ártico puede ser la metáfora adecuada para subrayar con neones el prodigio de su encanto. No se priva de abrir el cielo con su vocecita contundente y una mirada que titubea al descontento para transformarlo en enojo verdadero. Que linda mujer.

Venimos de atravesar un desastroso paréntesis covídico, un pestañeo visto desde el origen del tiempo o una eternidad en los recuerdos inmediatos que empiezan a unirse. Hay conexión y ahora que lo pienso fue y sigue siendo un milagro, pero dos horas antes (la frescura me impregna), decidimos escucharnos y abrir un nuevo mapa sobre el territorio, la geografía me la ofreció ella, invitándome a decir mi nombre mientras agitaba los huesos de las runas, delicadamente envueltos en una bolsa de tela con la imagen de un dragón. Allí estaba la esencia derrotando al espejo.

Las runas, una vez echadas a su suerte, ofrecieron un buen pronóstico para un vínculo que, de común acuerdo, decidió, a la salida del bar, volver a apostar por los primeros brotes, por un fruto o por dos.

 

 

© Nicolás García Sáez