Mientras aún me sorprende la serenidad imperturbable que lo acompaña día tras día, escucho a un lama decir lo siguiente: ¨todo el karma positivo, acumulado durante eones, se puede evaporar con un instante de ira¨. ¿A quién está parafraseando el guía espiritual? A Shantideva, maestro hindú de meditación, monje de la mítica Universidad de Nalanda y gran erudito budista, autor del Bodhisattvacaryāvatāra (entre sus capítulos se encuentra el deseo de iluminar a los demás, el ejercicio de la paciencia, la purificación de las malas acciones), obra clave del budismo, alabada por el Dalai Lama.
Lo escucho a uno, imagino pensando y escribiendo al otro, reverencio las alabanzas del tercero. Un rubor tibio e incómodo, cercano a la vergüenza, se apodera de mí. Pienso en mis propias sombras, por momentos densas cuando se zambullen en las arenas movedizas e infinitas de la indignación. Recuerdo mis palabras y reacciones de estas últimas semanas. ¿Para qué me intoxico con la bosta política?
Cabe destacar que no he acumulado karma positivo durante un año, ni siquiera durante un mes, tampoco lo he hecho nunca durante una semana entera. Festejo con entusiasmo futbolero cada vez que transcurren algunas horas y, en ese lento acaecer, me doy cuenta que he pensado, hablado, escrito, transmitido, actuado, sentido del modo correcto. Algo que tendría que ser normal (después de cierto trabajo encaminado hacia las buenas intenciones que uno viene recorriendo hace algunos años) se transforma en algo inusual. ¿Por qué y para qué le otorgamos tanto poder a unos mequetrefes morales, parasitarios de nuestro sagrado tiempo, de nuestra sagrada energía? La primera palabra que se me ocurre es ¨adicción¨, aunque un par de amistades muy cercanas me hablaron, en estos últimos días, de ¨obsesión¨. Soy un devoto de la autocrítica, contemplo de un modo asiduo esa materia prima indispensable para evolucionar y no quedarme estancado en una idea fija, rumiando como un hámster que da vueltas en la rueda de su propio laboratorio mental. Adicción y obsesión: las escucho, las contemplo, las sopeso, las comparo…pero no, se trata de algo mucho más profundo.
¿Qué podemos encontrar más allá de la indignación, que uno puede ir acumulando día, tras día, tras día? Vuelvo a ver adentro mío, a cavilar detenidamente sobre mis proyecciones conscientes (el camino es fácil) y los reflejos inconscientes (terreno un tanto más arduo de explorar) y encuentro destellos en ciertas acciones ajenas que tal vez me pertenezcan. No termino de hacerme cargo porque, en primera instancia, todo ese peso, que acarrea toneladas, no me corresponde. Cito un ejemplo que aún hoy no termino de digerir: que a mí no me agrade que un fulano orondo y abotagado -títere por antonomasia, con su voz de flauta desafinada y mediante su dedito alquitranado de ex fumador con EPOC- me recluya autoritariamente (junto a todos mis compatriotas) durante meses eternos, quitándome toda posibilidad de vincularme socialmente y de trabajar, no significa que no recuerde las veces (pocas) que yo me fui a disfrutar de los vaivenes y las turbulencias veraniegas de algún río serrano, sin antes dejar bajo llave a mi perro, con la excusa de preservar su plácido bienestar. ¿Hay comparación? En un punto si, en el resto de los otros puntos, que conforman y confirman mi propio firmamento, no, no la hay. Mientras tanto, seguiré con mi catarsis.
Vuelvo a escuchar a mi querido lama y decido, hoy, nuevamente, olvidarme de los miserables para buscar refugio en las voces que valen la pena , o el placer, susurros nobles y mansos que navegan sobre el bálsamo del Dharma.
© Nicolás García Sáez