La estación de trenes de Belgrano ha cambiado bastante, la de Nuñez, no tanto, si se tiene en cuenta que el paso del tiempo, raudo o lento, es el motor entusiasta que promueve dos caras de una misma moneda, la que habita el mismo barrio. Luego las emociones -pasadas, a punto de suceder- sienten la nostalgia de un ayer inalcanzable.
Al exceso de sepia no lo extrañan demasiado. Café con tostados, el diario, la embarcación. Subir a la lancha colectiva siempre es un buen programa. La ofrenda de paisajes es ilimitada, hay suspiros por el Misisipi, pero algo me dice que esto es mucho mejor. Además, no conozco el Misisipi. ¿Por qué siempre nos vamos hacia otros lugares cuando lo que tenemos frente a nuestras narices -no antes, tampoco después- es un pequeño paraíso? Cuesta retener ese momento en el que somos viento y sonido, estamos más habituados al caos, a soñar lo que estamos viendo, sin verlo.
Ingresando en el Caraguatá, algo se desplaza de un lado a otro. No es una nutria (en vías de extinción, debido a la caza) ni un sapo o una culebra , es algo que tiene que ver con el foco. Hace algunos minutos quedaron atrás remeros, kayaks, barcos oxidados con una potencia arrolladora. Muchas de esas embarcaciones, algunas colosales, llevan nombres de campeones. El agua oscura vibra, el sol reverbera entre el oleaje. Hay un pasado glorioso en tantas mansiones. Veo caserones en decadencia, casas muy Horacio Quiroga, casitas muy Twain. ¿Cómo será vivir allí adentro durante algunos meses? Esa es la tentación de todos. Ellas también suspiran, imaginando el lila de las lavandas o un chapuzón. Desde un bote auxiliar, adonde subimos debido a la escasez de agua en algunas zonas puntuales, durante la travesía se aprecian viviendas de familias que resisten, otras sobrellevan la existencia con la serenidad de un jugador de truco. El capitán tiende la mano a unos gringos que se quedan varados en el medio de la nada, extrae de las profundidades varios kilos de alambre, alguno que otro metro aquerenciado al motor de la lancha auxiliada. Luego de unos minutos, todo, excepto el tiempo, vuelve a su lugar.
Las hojas crujen bajo unas crocs. Mis zapatos están baqueteados y yo me siento un catador austero. Huelo el invierno que se avecina, puro, purísimo, huelo las hojas de los álamos en movimiento. Los troncos son delgados y se extienden hacia el cielo. Tal vez, allí arriba, se doblen como los juncos cuando quieren extender sus brazos hasta el limo de los ríos. La ciénaga al descubierto, cuando baja el oleaje o el influjo de la luna sobre el agua, tiene antojo de sudestada. Los isleños, con más o menos prosapia, saben esto de memoria. ¿Y en qué momento alguien puede considerarse un isleño? Vaya uno a saber. Hay historias antiquísimas que, junto a la flora y fauna, pertenecen a los primeros habitantes de estas tierras. La Naturaleza reacciona y va improvisando, los resultados suelen ser interesantes. Luego el ser humano va decidiendo qué camino tomar. Hay luces y sombras, como la vida misma, hay espacios abandonados, en la metáfora, en la realidad. El agua avanza o retrocede, hay viento o calma, la marea viene, va. Y así, siempre.
El delta proporciona la oportunidad del silencio, la reflexión. También tiene asegurada la aventura. Por donde se la mire, es un desafío bucólico o un cuento de Maupassant narrado por Marilyn y un jardinero fiel, con su mujer y siete hijos, andariegos desde el parto. Marilyn es musa excelsa entre los marineros que descienden de los reyes holandeses y que aún le temen al yaguareté. Su hechizo llega hasta el hocico de un perro con ojos chinos, un bóxer simpático que nada tras la estela de un kayak. Impresiona la velocidad, la persistencia, la fortaleza, el cielo diáfano de color añil. Naturaleza a pleno, remo y siento como se fortalecen mis músculos, suspiro.
Copas de árboles naranjas, amarillas, el sol que las sacude. Ideal para afilar los sentidos es observar la punta de los álamos. Allí arriba un coro de cotorras cubren el cielo. Vuelan raudas de un nido a otro, o eso es lo que veo. Seguramente, en aquel microcosmos ruidoso, hay infinidad de códigos que desconozco.
A orillas de un río, una escuela recuperada es motivo de inspiración permanente, en la proeza de activarla o mientras se visita en silencio, en compañía y en soledad. La austeridad de los interiores abduce mi atención. Estoy a pocos pasos de donde voy a pasar la noche. Me dan ganas de probar sonidos, tal vez bailar. El lugar tiene aire de vivienda abandonada que vuelve a recibir el calor de varias personas que la cuidan. Si presento un libro acá, ¿ustedes vendrían?
Una perra dulce como un caramelo acarrea algunas molestias severas. Pronto será operada y podrá volver a corretear liviana con el perro de ojos chinos. Mientras tanto, sigue con su vida normal. Sin dejar de moverse, se arroja al agua junto a su amigo, ladra varias lágrimas y luego le sonríe a la noche mientras su cola va de un lado a otro. Fellini es una buena opción, pero la mitad de un insomnio le da manija a mi entusiasmo. Es menester, momentos antes de que amanezca, detenerse para recordar la penumbra quieta y transcurrida en el muelle, cuando -observando el cielo, los juncos oscuros, escuchando el oleaje luego de ver pasar las embarcaciones con luces de boliche de barrio- una epifanía me sustrajo del mundo para presentarme la posibilidad del ensueño. Allí hubo magia, de la buena, como la hay en este momento de la madrugada mientras vuelo sobre lo que ahora escribo aquí.
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Pasaron dos días. ¿Estoy olvidando lo vivido? Ahora, en la ciudad, uno se desplaza teñido de vértigo o mesura. Así las cosas, me detengo y el Delta aparece muy cercano, como ese amigo de los meandros novedosos. Hubo, en el pasado , durante algunas visitas, matices variopintos. Luego uno va leyendo a Conti (cuya casa está casi a la entrada de este laberinto infinito) y se acrecientan las ganas de explorar hasta la médula del monte. Pero es necesario y muy saludable ir de a poco, pasito a paso, caminando tranquilo.
© Nicolás García Sáez