La levedad del infinito

Que levante la mano aquel o aquella que nunca gesticuló un pucherito por algo que hizo alguien y le disgustó. ¿Nadie? Estaremos de acuerdo entonces en que todos y todas alguna vez nos hemos ofendido.

Que levante la mano aquel o aquella que se equivocó, lo reconoció y después nos vemos en Disney, tal vez juntos, o por separado, pero ya está.

Que levante la mano aquel o aquella que, no solo arrojó una piedra y escondió la mano, sino que se esmeró en ametrallar, por medio de un vendaval de rocas duras, secas, sucias, un horizonte lleno de posibilidades que, por esa mala praxis, se evaporó.

Ahora supongamos que el arrojador o la arrojadora de piedras virulentas, encima, cuenta con un orgullo (el que enceguece, limita, debilita) más grande que su alma. Difícil, lo sabemos, incluso extremadamente difícil. Ni la noche oscura, ni la transformación de la mariposa, ni las canciones de amor de la madrugada podrán doblegar sentimientos de arrogancia mal piloteada, con todos sus estanques intensos arraigados (es un decir) en la parte más huidiza de la conciencia.

Aunque tal vez…

Se podría proponer un ejercicio de contemplación. Es muy sencillo: en cualquier lugar, con un poco o bastante de espacio abierto, el orgulloso o la orgullosa podrán situarse bajo algún firmamento, aquel que en ese instante de impermanencia brille con todo su esplendor. Podrá observar una estrella, algunas figuras, sentir la levedad que el infinito propone a esa hora. Luego querrá volver a la Tierra, reconocerse a sí mismo/a, acariciarse el ombligo y sonreír agradecido/a por esos minutos que son tan fugaces como el deseo que no se pidió.

 

© Nicolás García Sáez