Un lustro: encuentro con Tito Cossa

Hoy me desperté recordando mi encuentro con el legendario dramaturgo Tito Cossa.

Hace cinco años exactos, lo fui a visitar a su hogar porteño de Barrio Norte, un departamento clase media, pintoresco, con un estudio atiborrado de libros en donde dialogamos durante largas horas sobre teatro, claro, y su extensa trayectoria, los años difíciles, la economía, la política, el espectáculo, el periodismo, la literatura, sobre mi vecino y gran amigo de la infancia: Emilio Stevanovich, que él también conoció y luego acerca de un libro del sueco Henning Mankell que Tito estaba leyendo en su Tablet, los ojos sobre la pantalla, el dispositivo portátil protegido por un curioso protector de goma medio magenta, medio fucsia, que no hacía juego con su pipa (también legendaria), ni con su sillón tapizado con círculos gastados y setentosos que me hicieron acordar a un boceto De la Vega, a las fotos de color sepia y algunas imágenes del Di Tella y tal.

Recuerdo que ya había noticias revoloteando sobre el patético y celebérrimo Covid, que en ese momento aún era tristemente mencionado como “corona virus”. Tito estaba con algo de fiebre y yo estaba más preocupado por anotar en una libretita y registrar con imágenes lo que me iba contando, que en cargar con el temor a contagiarme algo turbio e incierto. La habitación, el estudio, mientras tanto, también se iba llenando con el aroma dulzón y agradable que afloraba de su pipa antigua.

En un momento dado, el dramaturgo argentino más importante de todos los tiempos se interesó por mi obra de teatro 24 horas con mi Álter Ego y mi Súper Yo. Le obsequié un ejemplar. Observé detenidamente su rostro que, a priori, parecía ser adusto pero que, a medida que iba avanzando en la lectura, comenzaba a enseñar una mueca afectuosa y atenta. Entonces me empezó a preguntar por los personajes y ahí mismo le aclaré que era uno solo, un protagonista desarrollándose mediante posibilidades que se imponían con el correr de esas veinticuatro horas. “Buen título, me gusta”, dijo, luego comenzamos a hablar sobre Pirandello, mencionado en uno de los prólogos.

Fue un espacio/tiempo en donde no hubo un segundo de más, ni de menos, un uso del reloj perfecto que nutrió cada instante. Admiración y cariño. Así las cosas, aprovecho estas líneas para compartir este recuerdo y un par de videos, de la decena que filmé durante aquellas horas. Allí se puede apreciar, supongo, un ápice de la atmósfera que envolvió aquel encuentro.

© Nicolás García Sáez