San Francisco / Victoriana & transgresora

San Francisco tiene fama de ser famosa, sin ánimos de cacofonías. Motivos, digamos que le sobran. Famosa por sus barrios, con sus casas victorianas y sus casas eduardianas, se la reconoce por su pirámide de cemento y cristal, por su bahía gigantesca, por los tranvías de película y leyendas. Es famosa por sus calles cuesta arriba, cuesta abajo, por sus calles serpenteantes; conocida mundialmente por ese monumento a la ingeniería, una de las postales más famosas, que es el puente Golden Gate; también es más que célebre por la isla de Alcatraz, hogar forzado de legendarios malandras; famosa por sus beats, sus hippies, yuppies y gays. Famosa por donde se la mire. Vamos por partes.

Un excelente punto de partida es el downtown, allí, el distrito financiero es el motor que hace rugir a la economía de San Francisco, etiquetado entre los más destacados de los Estados Unidos. Se amontonan en orden sincronizado los principales bancos, las tiendas de ropa más reconocidas, restaurantes con cartas de los cinco continentes, bares de yuppies apurados y de cowboys modernos. Sobre sus principales avenidas, hoteles de cinco estrellas la mar de elegantes, de cuatro, de tres, de dos, de una sola estrella.

Conviven a diario, y en dulce montón, hijos directos de la primera hora del flower power, veteranos de Vietnam, damas majas, hombres de traje impecable y corbata bizarra. Se cruzan sonrisas, saludos, los blancos con los negros, los indios y orientales. También está la zona de los grandes rascacielos. Aparece y sorprende, blanca, inmaculada, diva de la arquitectura moderna, la pirámide Transamérica, la más alta de todo San Francisco. Cuarenta y pico de pisos aceptados a regañadientes cuando se inauguró en 1972 y adoptada hoy en día como parte fundamental del perfil de la ciudad, e incluso vista con cariño por la mayoría de sus habitantes. Un dato curioso: se tarda alrededor de un mes en limpiar sus 3.678 ventanas.

A pocas cuadras y algunos metros desde allí, se encuentra el proyecto urbanístico más ambicioso de San Francisco: el embarcadero Center. Habrá que anotar que va desde Justin Herman Plaza hasta Battery Street y todos los mediodías reúne a cientos y miles de oficinistas que se reúnen puntualmente a la hora del almuerzo.

El San Francisco Museum of Modern Art, contribuye a la reputación que tiene la ciudad de ser una de las capitales que más laureles le retribuye a la cultura, al arte moderno. En sus 4.600 metros cuadrados se exponen más de 15.000 obras de arte, entre las que se cuentan óleos de Klee, pinturas de Diego Rivera, de Picasso, de Miró e imágenes del gran fotógrafo surrealista, ojo de corazón iluminado, Man Ray.

Union Square es una plaza de lo más coqueta, bordeada de palmeras larguiruchas, que se hallan en el corazón de la zona comercial de la ciudad. Y es por aquí donde se ubican las grandes tiendas, los grandes almacenes y las librerías y galerías de arte más tradicionales de la bahía. Existen varios teatros, bares y barcitos muy cerca de Union Square, todos ellos reunidos en un radio de seis manzanas. Isadora Duncan, la gran bailarina que, contra viento y marea rebeló al academicismo imperante en los años veinte, nació y vivió en este barrio, en el 501 de Taylor Street.

La esquina de Powell Street & Market Street, es el punto de partida y el de llegada de los tranvías que recorren y hechizan el asfalto del Chinatown. Si la idea es empezar a recorrer la zona a pie, la Puerta del Dragón, en la esquina de Bush Street y Grant Avenue, es el portón de entrada al Barrio Chino, una porción de Oriente en lo más bohemio de Occidente. Frutos exóticos, galletas de la suerte, dialectos y carteles imposibles de descifrar, animales a punto de ser degollados, faroles, budas y dragones, callejones pintorescos, misteriosos, marcan el ritmo y le toman el pulso al Chinatown.

Sobre la avenida Columbus, se desparraman restaurantes y cafés cuyos propietarios, en su gran mayoría, son italianos. Por aquí se encuentra y se presenta discreta una de las librerías más famosas del mundo, la City Lights Bookstore, epicentro de la generación beat, allá por los cincuenta, donde se  reunían las figuras literarias destacadas de aquellos años: Lawrence Ferlinghetti, su fundador, armaba a diario tertulias sagradas que duraban hasta que los gallos mejor alimentados de todas California entonaban sus loas y que incluían a notables de la talla de Jack Kerouac, su compañero de ruta y fuente de inspiración Neal Cassady, William Bull Borroughs, Allen Ginsberg, Gregory Corso, entre tantos otros.

Fisherman´s Wharf es uno de los lugares más frecuentados por los turistas que, a menudo, tienen que hacer largas filas para poder comer el famoso cangrejo Dungeness, que se sirve entre noviembre y junio y se vende en restaurantes de cinco tenedores, así como en discretos puestos callejeros.

Sobre Jefferson Street se levanta el Wax Museum, uno de los museos de cera más completos del mundo. Hay una sala dedicada a la tumba de Tutankamón, otra dedicada a La Última Cena, figuras de cera con imitaciones casi perfectas de Marilyn, Elvis, Mozart, Churchill, Shakespeare, Mark Twain. Es altamente recomendable visitar la Cámara de los Horrores, que cuenta con un amplio repertorio de monstruos.

Desde el muelle 41 zarpan los ferrys hacia la isla de Alcatraz, lo que fuera años atrás el infierno en la tierra y que ahora aparece como pieza fundamental del cuadro que va ponderando la gran bahía californiana. El alcatraz es un ave que se parece al pelícano y fue uno de los primeros habitantes de la isla, que funcionó como penitenciaría federal de máxima seguridad entre los años 1934 y 1963. Presos célebres habitaron sus celdas. Al Capone paseaba su traje a rayas horizontales, habano en mano, mientras cumplía con su condena de cinco años; Robert Bird Stroud, personaje que inspiró a varias películas, pasó 17 años en una celda de máxima seguridad, hablando con los pájaros y soñando con un cielo multicolor e inalcanzable que aparecía tras los gruesos barrotes de hierro de su minúscula ventana; los hermanos Anglin se hicieron famosos, escapando en una balsa construida por ellos mismos, provocando la clausura de la isla.

La entrada a la bahía, la puerta dorada, el Golden Gate, da su nombre al coloso de color naranja, el gigantesco puente que es emblema de la ciudad de San Francisco desde 1937, año en que estallan las botellas del mejor champagne, brindando por su bautismo. El puente es atravesado a diario por más de cien automóviles que van, vienen y vuelven a ir, rodeados siempre y desde todos los flancos, por gaviotas vestidas de blanco y nube, uno de los paisajes más exquisitos que existen en Estados Unidos.

La esquina de Haight & Ashbury, en el Upper Haight, está considerada como una de las cunas del movimiento hippie. Allí se juntaban los legendarios Grateful Dead, Janis Joplin con su Rolls alucinado, Morrison y el resto de los Doors, Robert Crumb, que estampaba firuletes con su pluma lisérgica, un tal Jimmy Hendrix…Hoy el lugar se parece más a un campo temático de la psicodelia, por cuyas aguas subterráneas y en la flor de su cemento se deslizan las últimas estrategias del marketing jipón. Y así, por toda la zona, un caleidoscopio chapoteando en las fachadas, bares surrealistas, inciensos, aromas que acarician sus calles, melancolías salpicando las primaveras, duendes descansando su siesta de hongos, estampados en remeras alusivas, un cajero automático, raros peinados nuevos, el último murmullo del mundillo literario, flashes de generaciones que se cruzan, una radio que retumba en el piso de una esquina y dos morenos saltimbanquis que le dan al jaleo, otro cajero automático, tucanes, flores y serpientes.

La zona de Castro Street, reconocida como el barrio gay, agrupa a una comunidad numerosa, muy respetada y valorada por el resto de los habitantes de la ciudad. Van y vienen, en cuero ajustado, el último Kenzo, las manos unidas, cantando tranquilos, ellos con ellos, ellas con ellas, ellas y ellos. Una bandera con los colores del arco iris los representa y adorna gran cantidad de balcones, ventanas y negocios.

En el sector conocido como La Misión se agrupa la mayor comunidad laltina de la ciudad, mexicanos en su mayoría, que conviven con cubanos, portorriqueños, dominicanos, brasileños, uruguayos y argentinos. Aquí se encuentra la construcción más antigua de San Francisco, la Misión Dolores, una de las 21 misiones franciscanas que tenían los españoles que, siglos atrás, habitaban todo el dorado estado de California.

San Francisco se ilumina y las Américas del norte, del centro y del sur comentan su belleza. Siglos, soles y lunas, leyendas, proezas que circulan hasta el fin de los días. Un gallo que le canta a su dios, redondo, de fuego naranja y la barba rubicunda y treintañera, los pelos con canas, una lágrima y dos palabras que, aunque trilladas, todavía corean, necesariamente paz y amor.

 

© Nicolás García Sáez*

San Francisco / California

Año 2001

Crónica publicada como tapa y nota de doble página central en el suplemento de viajes y turismo del diario “La Capital”, de la ciudad de Rosario, Argentina. Este diario fue fundado en 1867 y es el periódico más antiguo del país, todavía en circulación, por lo que ha ganado el título de “Decano de la Prensa Argentina”.