Durante algún tiempo estuve interesada acerca de la “fidelidad” de las traducciones de obras propias y ajenas. Indagué en una vasta bibliografía de semiólogos, lingüistas, escritores y críticos que se autoproclamaron “especialistas” en el tema. Como suele ocurrir con las cuestiones verdaderamente importantes en la vida, la respuesta me llegó de manera contingente; un amigo, exasperado por mi rastreo, me dijo: ─Pero… no se puede traducir una lengua, se traduce lo que un poema, por ejemplo, le hace a la lengua.
Neptuno y las faunas, como toda incursión literaria que sumerge las palabras hasta ahogarlas para darles nuevo aire, resiste una traducción (y aquí la traducción de Arbiser es excelente) una traslación como se dice en inglés, porque el mismo libro ya es una traducción permanente de sí mismo. Traslación de nombres propios desde su nombre: Neptuno, y Crono, no sé si Rea, Tirreno, Hong Kong, Nemo, Moby Dick, Simbad, Syd Barrett, Leónidas, Termópilas, Venecia, Marco Polo, Pink Floyd, Leonor, Borges. Pero traducción también, como en los sueños, tan cercanos al poema o tan de su misma estofa, de la imagen a la letra, de la letra a la imagen (POEMA QUE PUDO HABER IMAGINADO UN COLIBRÍ). Si los nombres propios se despojan en el poemario de Nicolás García Sáez de toda majestuosidad que no sea traducible al lenguaje del alma, esos dibujos incrustados en el corazón del libro nos ayudan a invitar al alma a que retorne al cuerpo.
Las palabras son peligrosas cuando arman batalla; ¿cómo olvidarnos de Fray Luis de León, condenado a la cárcel y al escarnio por la Santa Inquisición en el siglo XVI, por haber osado traducir del hebreo al español El cantar de los cantares, agregándole a cada verso su “comento” (lectura del traductor) y por haberse atrevido a nombrar lo innombrable: “Zama”, aludiendo a “esta mujer de quien se habla” y a “demás de lo que está escondido” y no a la Madre Iglesia?
Prólogo de Isabel Steinberg para las traducciones al portugués (Netuno e as Faunas) y al francés (Neptune et les Faunes) del primer poemario de Nicolás García Sáez / Editorial Oliverio