No sos vos, soy yo. El reflejo de vos, de tu yo. Yo mismo del otro lado. Como en un interminable juego de espejos, de cajas chinas, de personalidades encastradas unas con otras hasta formar solo una, así se lee este texto. ¿Prosa teatral? ¿teatro prosaico? Es posible que uno sea imagen y semejanza del otro dispuestos así por un dios en minúscula, por un demiurgo caprichoso que aguijonea y disfruta, sobre todo, del sentido del humor.
Habitualmente leo, en las redes sociales, unos diálogos imaginarios que García Sáez realiza a partir de una imagen, de una foto propia que congela en la pantalla para dejar salir a todos los posibles habitantes que viven en su imaginería. Estos diálogos suelen estar protagonizados por animales. Son naturaleza, a secas, sin rastros humanos. En esta obra, los animales son los humanos. Uno que es a la vez muchos porque todos somos el mismo. Uno multiplicado en millones. O uno estrellado en millonésimas partículas. Mamíferos al fin, también lanzados al cosmos quién sabe con qué objetivo a cumplir.
En ese espacio atemporal y eterno, del Todo que puede abarcar la mente, allí sucede esta obra. En ese no lugar que es todos los espacios y también el que cada uno pueda crear en su propio mundo interior; la caja china faltante para completar el juego que nace de estas palabras, que lanza el autor por puro juego provocador. Por el placer de despabilar, aunque sea en la incógnita.
Hay conceptos psicológicos y psicoanalíticos dando vueltas…desacralizados por completo. Hay sacudón lúdico con estos conceptos. Podría tratarse de una versión rozando la comedia, podría ser un cúmulo existencialista transformado en diálogo. Un intercambio de palabras tan vano como feroz, tan sinsentido e inútil como igualmente revelador. Un pequeño y rústico manual de instrucciones para mirarse al espejo que hace recordar que nunca debemos tomarnos en serio.
Bueno, nunca es mucho. Un rato nomás. Lo que dura la vida.
Prólogo de Sandra Commisso para la primera edición de esta obra / Editorial Sátira y Musa