Mientras troto y corro acompañado por la vestimenta invernal (para aumentar la transpiración) y mi Ipod (a esta altura una joyita de índole vintage), cuadriplico la energía y los movimientos que danzan con Cypress Hill, Carl Cox, con Fatboy Slim…en fin, toda la peña, siempre vigente, titilando desde aquel entonces entre sus opus magnum.
En esa sinergia de cuerpo, sentidos y espíritu, se establece un puente hacia los hemisferios. Es curioso pensar con claridad meridiana en medio del propio y lúdico alboroto. Llego a algunas conclusiones, sobre todo aquellas que valoran los hábitos más saludables que se han desplegado y potenciado a lo largo del año. Enumero los hechos concretos con sus resultados, positivos e irrefutables. Valoro los pensamientos que se han despejado, hasta llegar al puerto de los frutos de una buena decisión.
Siempre o casi siempre hay pifies, de tamaño liliputiense o de extensión extra large. Confieso que cada tanto me cuesta reconocerlos, pero cuando veo el inexorable paso de las agujas del reloj, esos granos de arena peleando entre el recuerdo y el olvido, me vuelvo a jurar-es un decir- no perder más tiempo, para poder poner el foco en la playa extensa y sólida del presente y el futuro, con sus infinitas posibilidades.
El futuro está por suceder en el próximo instante, mañana o durante el otoño del año o de las décadas que vienen. También en saber sostener una balanza que muestra y demuestra qué cosa es cual y quién es quién, a veces la nada misma, otras un sinfín de puertas que se abren hacia horizontes coherentes o desopilantes o de sabiduría ancestral. A menudo puede ser el mero y expeditivo darse cuenta de que aquella persona que parecía delicada, sensible, pero también segura y responsable, cayó en su propia ficha al demostrar que es una pobre sombra esquiva y cobarde, torpe, infantil y grosera, agazapada en la calesita eterna del orgullito de su ombligo llorón. O en esa otra, que parecía ultra chúcara y parca de locuacidades (diría mi padrino editorial, Miguel Brascó) y terminó (o empezó) siendo un mar de sabiduría y de atención a todos los detalles vitales necesarios. ¿Para qué confiar en los milagros, cuando el llano es mucho más convincente a la hora de cantar sus verdades? Para creer en la magia, claro…
Mozart y Beethoven son excelsos, pero se aprovechan mucho más con los brotes de los recuerdos recientes, sobre todo aquellas mañanas que hoy le cantan sus loas a todo lo que ha brindado esta primavera.
Gracias
© Nicolás García Sáez