Asanga y Mahasattva / Acerca de la compasión

Releo dos textos tremendos de la ya vasta historia o alegoría budista, ese margen intermedio, delicioso y etéreo que invita a la bodichita, al fan o al entusiasta tibio, a levitar sobre lo real y la leyenda.

Tal es el caso de Asanga, un eremita que, en el siglo 4, se marchó a meditar durante años hacia lo más gélido y niveo de los Himalayas, con el objetivo de entender y así poder brindar al mundo toda su compasión. En el camino, atravesando muchas dudas, vislumbró la esencia y el significado del tiempo y la energía. Al volver (sin haber conectado con su objetivo, el Buda Maitreya), Asanga encuentra a un perro que estaba siendo devorado por un montón de gusanos. Compasivo con todos, se arranca un brazo para alimentarlos. Dolorido, contempla como el perro y los gusanos se esfuman. Entonces aparece Maitreya.

Y la anécdota celebérrima de Mahasattva (aparente antecesor del Buda Shakyamuni, su reencarnación), quien encontró, en el medio de un bosque, a una tigresa hambrienta que estaba por comerse a sus cachorros. Al verla, en medio de una epifanía, neones del Samsara, Mahasattva explota de compasión y se ofrece como alimento.

Vuelvo, sin querer demasiado, al menos hoy y ahora, a este presente posmoderno, o a la casi ilusión metamoderna, según quien. Una vez que te enterás de lo que sucedía hace 20 o 25 siglos, de cómo vivían, pensaban, sentían las cosas en aquel entonces…es un tanto extraño andar compartiendo temporada existencial con, es un decir, el onanista inmóvil, sin rumbo ni foco, aunque apenas loable en su intento de tracción sin sedimento, que solo aspira a tener más estrellas que Mick Jagger. O con la dama soñolienta, aficionada a los monosílabos, que se toma la enésima selfi, cara de poker al lado de su celular tan fotogénico, frente al espejo turbio de un baño con azulejos rosas.

Siddharta Gautama estuvo seis años meditando, sentado, quieto, semi desnudo y famélico en medio de un bosque lleno de serpientes. Lo hizo para regalarnos algo. Hoy, meditar un ratito, en una habitación con aire acondicionado, nos cuesta un Perú, es casi una utopía despejar completamente, mínimo durante una hora, las nubes, ver el cielo diáfano de nuestra mente.

No hay necesidad, supongo, de arrancarnos un dedo, el meñique, para dárselo a un millón de hormigas negras o rojas, que no comen desde el amanecer. Tampoco hay que dejar que una víbora traidora y corrupta se trague su propio veneno.

La compasión, ante todo.

 

Texto y foto: © Nicolás García Sáez