El aroma de la albahaca

La sinestesia es la capacidad de despertar una sensación o imagen a un sentido que, desde  un modo lógico, no le corresponde.

Cada tanto, o a menudo, practico el juego de aplicar una sinestesia múltiple y consciente, o tal vez inconsciente (pero hoy vamos a denominarla así) hacia los cinco sentidos, que, en el camino, pueden querer inventar otros tantos. La imaginación al poder, al menos así lo decido en varias de esas elecciones.

Hace algunas semanas me regalaron un brotecito de albahaca mínimo, bastante mustio, que invitaba más al llanto que a la risa. Una vez trasplantado en su maceta, con tierra fértil, depositado en un rincón adonde el sol pudiese abrigarlo, sumado al agua diaria que agregué para reavivarlo y hacerlo crecer, comencé a ver los primeros resultados, te diré que a los pocos días.

La maravilla empezó a desplegarse en forma de un brote cada vez más sano, luego una hojita mínima, microscópica, luego una hoja digna, admirable y otras que, con el correr de los días, harían más felices a mis pizzas y ensaladas.

Y aquí me detengo unos minutos, para recordar esos momentos del día en los que me acerco a olisquearla. ¿Hay algo más delicioso que el aroma de la albahaca? Vale, me hablarán de alguna tarta legendaria o del jugo de la sandía en el punto más álgido del tórrido estío, pero quien me va a negar que la dulzura verde y picante que emana (comienzo de la sinestesia) no te eleva a un paraíso efímero, como ese segundo en el que se medita y se corre un velo para atravesar algo que invita a un lugar superador.

Todos y todas o casi todos y todas estaremos de acuerdo en que la Felicidad puede vivenciarse en lo concreto de un viaje a la Luna, en una casa frente al mar o en reemplazar las voces un poquito insoportables que tienen algunas publicidades de You Tube. Pero quien sabe disfrutar plenamente de los pequeños detalles, ya me dirá si está de acuerdo con que el aroma del ocimum basilicum ingresa sin competencia en el top 5.

Hay algo en ese dulzor verde y picante que baila con un clavo vestido de limón y el regaliz, que sopla y tiñe y roza con un perfume real la sombra que apenas se asoma, sugiriendo un horizonte inmediato que presenta a la canela. Más de una vez quise percibir un sonido, como el paso de un duende diminuto, saltando sobre una luz (era un mediodía) para despertar la presencia timorata del jengibre. Objetivo logrado.

Va un tip: cuando saques la pizza crocante del horno, recién ahí, una hojita en cada porción.

 

© Nicolás García Sáez