Recomiendo por enésima vez uno de mis hábitos predilectos: leer por la mañana, si es posible apenas asoman las primeras luces del amanecer. Yo lo hago en un rincón de mi jardín, durante diez minutos o dos horas y media, depende de las urgencias o la placidez del día, sentado en un banquito de color verde inglés despintado que hay pegado a un cerco domado.
Intento aportar, también a diario, un gramo o una tonelada, de una manera u otra, a una persona o a un colectivo numeroso de gente, que antes o después puede incluir a los animales e incluso algunos insectos. La retribución siempre está en el aire, no hay mambo de escasez, no te preocupes por eso, lo bueno y bien intencionado, es karma, siempre te va a volver multiplicado, de la manera que sea, muy probablemente para poder seguir brindando.
Hoy me sucedió algo muy curioso, placentero, epifánico. Vengo leyendo un rosario de libros que se centran en el budismo, en la psicología transpersonal y en el taoísmo. Me han acompañado a lo largo del año. En breve, supongo que ya será apenas despunte el 2025, comienzo con varios libros de economía que he seleccionado y apartado de mi biblioteca. Al grano: mientras estaba leyendo la página 80 del texto de Wolpin, “Lao Tse y su tratado sobre la virtud del Tao”, de repente levanto la vista y me sorprendo con el vuelo de una abeja bebé, diminuta, magnífica, menos de un milímetro de materia con rayitas negras, amarillas, sus alas como dos gotitas de rocío titilando frente a mis ojos.
No pude disimular una carcajada de admiración: allí estaba, recién parida, libre, con todos sus sentidos alertas, supuse, desafiando a un céfiro leve, esquivando, pero también acercándose a mi dedo índice que intentaba acompañar, sin rozarla, su desplazamiento esforzado. Durante un santiamén me distraje y la neonata, futura melífera, desapareció de mi vista. Mientras yo experimentaba esos segundos de vacío y angustia reciente, mi gata comenzó a franelear mi pantorrilla izquierda. Todo se puede volver extraño de un momento a otro. La vida es bella, tanto como la sombra mínima que emergió sobre los pelos de mi brazo, para luego ir a posarse en algún agujero de mi sombrero de paja (me cuido del sol) y así continuar su vuelo hacia quién sabe donde.
Sonreí, cerré los ojos y sentí la maravilla. Los abrí y volví a posarlos en la página 81, sobre una línea que decía:
“La actuación de lo invisible en lo visible”.
Y luego:
“Con arcilla se hace un recipiente, pero se usa el vacío que contiene. Las puertas y ventanas con huecos en las paredes; por eso sirven las casas. El provecho surge de lo que existe, pero de lo que no existe, su uso”. / (11.Lao Tse).
Y al pie de página, en letras de un tamaño parecido al de la abeja, recorto un fragmento:
“El concepto fundamental es que existencia y no existencia interdependen simultáneamente”
Más claro, pienso, agüita en el cuenco, para llenar el vacío, o complementarlo
© Nicolás García Sáez