Estimados conductores y conductoras de vehículos, oh, intrépidos aventureros de los desplazamientos…¿ustedes han notado el pedazo de Mindfulness que se genera yendo a buen ritmo por las rutas argentinas?
Algunos/as inconscientes, expertos del piloto automático (el que va escuchando la Acuarela al palo de Toquinho y te pone sexta mientras zigzaguea torpemente en la curva, o la que te pasa un bondi de larga distancia con doble línea amarilla) apenas notarán la diferencia entre esa ruleta diaria que es la ruta y un perro que les ladra a dos metros de la oreja, a las 4 am, mientras duermen. Pero también están los atentos, o conscientes, o al menos los que valoran un poquito la vida propia y la ajena.
Una o dos veces por semana, tomo todas las precauciones necesarias y algunas más mientras voy recorriendo, de a poco, parajes, rincones, pueblos, sierras y ríos perdidos que intento explorar. En ese cálido devenir también hay tiempo para pispear a los costados, de frente o hacia atrás a la serranía inmensa que se extiende hasta donde se pierde la vista. Con luna se presenta hasta Paravachasca y aparece el lomo de un animal gigantesco y dormido. Durante el día los tonos de luces y texturas van mutando del fulgor a la sombra y del relieve al llano. Siempre está la fauna multiplicada en infinidad de sonidos, la Patria profunda hace gala de su generosidad.
Y de esa señora montada en su motocicleta, en el medio literal del pavimento, yendo a veinte por hora y una horda, detrás, de conductores que, hay que celebrarlo, hicieron un continuo y efectivo ejercicio de paciencia. Yo era uno de ellos, así que puedo dar fe de esa maravillosa oportunidad. Aquí y ahora, o sea, allí y en aquel momento, no sonó un solo claxon y toda la atención estuvo puesta, durante larguísimos minutos, en la espalda y el casco de un cuerpo orondo y despreocupado que se desplazaba con garbo sobre el hormigón. Había algo admirable en aquella escena. La señora, finalmente, decidió adentrarse en los caminos de tierra que llevan a Charbonier. Una vez despejado el jaleo, manso o irritante, según quienes, todo volvió a transformarse en un horizonte de adrenalina y vértigo, con muchas reglas para recordar y algunas para no cumplir. Cruzar ciertas líneas puede brindar resultados muy delicados, no es menester adentrarse en esos meandros de la imperfección, pero si es loable estampar aquí esos momentos en donde, en medio de la tensión y el suspiro, uno pudo sostener – durante un lapso importante de tiempo y gracias al exceso de concentración que demandaba el contexto – el presente de toda su humanidad.
© Nicolás García Sáez