Fragmento de la primera página de una nouvelle inédita

Los cuatro se conocían desde niños. Fueron juntos a la escuela primaria y a la secundaria y luego incluso compartieron varias materias en los primeros tramos de la universidad. Así las cosas, la amistad continuó, festejaron juntos muchos cumpleaños y algunas navidades, vacaciones y fines de semana. Rondando todos la treintena, aún jóvenes, claro, se asociaron, reunieron un capital interesante y, un viernes por la noche, inauguraron un bar en la zona más iluminada del barrio porteño de San Telmo, evento que reunió a un grupo numeroso de gente, no tanto como ellos habían calculado, pero sí lo suficiente como para contar a casi un centenar de personas. Nada extraordinario, un éxito modesto dentro de aquel microcosmos en donde abundaban los familiares directos, los parientes y los amigos de segunda línea que habían acudido allí atraídos, sobre todo, por la promesa de comida y bebidas gratis. Los cuatro amigos siempre se habían sentido muy cómodos entre ellos (de allí la mención de amigos más lejanos, que aquella noche se desempeñaron como decorado o relleno) un cuarteto hermético que funcionaba muchas veces como un círculo de fuego, sagrado y estúpido. Lo curioso es que, durante el devenir de los tragos que ofrecieron los (ahora también) socios, no se comportaron como los nuevos propietarios de un establecimiento céntrico que abrió sus puertas al público -queriendo mostrar su costado más comercial y pujantelos amigos desplegaron, desde que llegaron y hasta que se fueron, la actitud de cuatro estrellas de rock surfeando la cresta de la ola más alta entre todas las posibilidades de súper olas, un tsunami de un intento fallido de glamour que ofrecía un océano ilusorio. Y no sólo se comportaron como deidades egregias de la inquieta  escena nacional (que, se sabe, cuenta a sus verdaderos dioses con los dedos amputados de una mano, y aún así sobra algún dedo), cualquiera que los hubiese visto aquella noche durante la inauguración, tranquilamente podría haber enunciado, como un pez narcotizado entre las aguas movedizas de la noche, sin inmutarse: “estos cuatro tipos son unos íconos del rock mundial”.*

© Nicolás García Sáez

*Se requiere a un editor atento, expeditivo y con experiencia para la publicación de esta nouvelle inédita