Fragmento de una trilogía de cuentos inéditos

Cuando aterrizó en el aeropuerto, lo primero que hizo Jazmín fue dirigirse a la Oficina de Informes. Allí, con su inglés precario, y luego de poner de pésimo humor a tres empleados gracias a sus malos modos y a su idioma deficiente, consiguió la información que estaba buscando. Tomó un taxi. Le indicó la dirección al conductor y, agotada por los saltos del viaje, se durmió. De este modo comenzó a ingresar muy lentamente dentro de aquella ciudad de ángeles orientales y ciruelas silvestres, de templos milenarios, de edificios construidos velozmente en este nuevo milenio que poco a poco dejaba de serlo. Moles que desprendían sombras inmensas, repelentes al sol del amanecer que reverberaba con pausas sobre los canales, en el espejo del Chao Praya, aquel río popular y legendario atomizado entre destellos que corrían sobre las turbulencias del agua hacia la bahía. La actriz se despertó con un bocinazo y un coro de insultos. Y en la esquina de Asoke y Soi Cowboy, sintió algo muy parecido al terror cuando un gringo borracho de casi dos metros y más de 200 kilos fue empujado hacia el lado de la ventanilla del taxi que ella estaba utilizando para apoyar su cabeza mientras bailaba con Morfeo. A medida que el taxi se alejaba, Jazmín observó como aquel hombretón de piel tan blanca era sepultado por las patadas de un enjambre de tailandeses furiosos y tailandesas indignadas. Curiosamente, sintió una leve excitación. A la actriz le llamó la atención la edad de las mujeres, todas rondando la adolescencia. Pero lo que más le llamó la atención, causándole además un intenso malestar, fue la belleza intensa y extraña que ostentaban todas ellas.

© Nicolás García Sáez

*Se requiere a un editor atento, expeditivo y con experiencia para la publicación de esta trilogía de cuentos inéditos