En algún momento pertenecí a un grupete entusiasta y efímero del club de las 5am, algo así como una secuela o un sucedáneo en esta parte del mundo. Durante la cuarentena medieval, recuerdo la espirulina y salir a trotar de noche, en el invierno serrano, sin barbijo, un par de horas antes del amanecer.
No hay necesidad de pelearle pulsos vitales al alba. Hoy aprendo con un hábito superlativo: cinco, seis, a veces los siete días de la semana, muy temprano, por la mañana -con luz, o sol, o frío, nublado sin lluvia o la nieve que este año no vino- voy y me siento en un banquito, con bombilla y yerba, mate, el agua, mi gata y un libro.
Pueden ser diez minutos o un par de horas, sobre todo los domingos. Pueden ser cuatro páginas o cincuenta. El quid, también, está en los pequeños recreos: fíjese que sucede si cierra los ojos ahí mismo. Flash. Las palabras de un monje quedan fulgurando como un hálito divino mientras se cuela el silencio, un pájaro dulce, una sombra que calla o que habla
© Nicolás García Sáez