La copa a dos metros

Estaciono el auto y lo hago muy bien, con media maniobra, calculo quince centímetros, tal vez uno más, o menos, paralelos al cordón. Abro la puerta para apreciar mi pequeña proeza y sonrío satisfecho. Me duché hace media hora, me afeité, me gusta la ropa que llevo puesta: usada, sencilla, prolija, los colores combinan. Estoy yendo a buscar unas bolsas con frutas y verduras que superan, entre las dos, los veinte kilogramos, comida para diez días o un poco más. También estoy yendo a buscar un bidón con diez litros de agua, pasta de maní, yerba orgánica y jengibre, mi consumo es cada vez es más austero, un eufemismo para no decir ajustado. Cada día que pasa, con algún altibajo, me siento más liviano. Y no es gracias a la inflación (la cual se desdibuja, teniendo en cuenta los índices que señalan los medios, y a partir de allí, con precios remarcados que duplican, triplican o cuadriplican varios comercios), es gracias a decisiones internas que van horadando o maravillando cierta realidad. Inhalo. Exhalo. Estoy frente a una plaza, escucho a los pájaros. Hace un par de días escribí unas líneas sobre ellos, en ese instante los vuelvo a homenajear. Somos uno.

El auto está bastante baqueteado, pero funciona bien. Modelo 2008, varios miles de kilómetros transitados, los libros de economía suelen decir que, sin margen, producto de buenas inversiones, se transforman en un pasivo, pero intento transformarlo en un activo para evitar el remís. Continúo sonriendo adentro del vehículo. La vida es bella, una tregua fresca amilana la intensidad del verano, el sol brilla, pienso en Nepal: Katmandú, los jardines de Lumbini, el Everest. Y es cuando estoy a punto de descender, que sucede lo inesperado: un estallido líquido de color marrón verdoso, con trocitos de materia blanda (cuyo origen desconozco, ni quiero conocer), cubre casi la mitad de la ventana delantera del rodado. Da la casualidad que, en medio de mi felicidad, me estaba olvidando de cerrar la primera ventanilla del lateral izquierdo, ergo, la del conductor, por lo tanto, parte de ese líquido repentino que cayó del cielo, salpica buena parte de mi ropa, limpita, recién puesta, una combinación de tonos que me había preocupado gratamente en conseguir.

Hay algo que me lleva a pensar en el volcán Mauna Kea de Hawaii. Siento como asciende raudamente mi propia lava interna. Desciendo del auto. Quiero acogotar al pajarraco. ¡Necesito que me diga por qué a mí!  Ni bien llegase a mi hogar, luego de depositar los comestibles, les iba a dedicar un poema, o algo parecido a un poema, pero ahora los insulto en arameo, sánscrito y papiamento. Me tiene que pedir perdón, mínimo, no le voy a decir que limpie el desastre porque sería ridículo, pero…los imagino en plural y lo imagino en singular, tengo ganas de tirarle una molotov a la próxima bandada de pájaros que vea. Quiero que mi gata glotona recurra a sus más bajos instintos. Por primera vez en mi vida entiendo a los amiguitos de mi infancia que los bajaban de los árboles a hondazos y…me detengo. Karma negativo. Cambiar los pensamientos. Inhalo. Exhalo. Inhalo. Me cuesta exhalar. ¿Qué comió ese pájaro? Tengo la vena del cuello hinchada, observo hacia arriba…estaba absolutamente seguro de que me iba a encontrar con la copa de un árbol, de hecho, al estacionar, lo hice allí mismo por la sombra, pero me sorprende ver al cielo lapislázuli riéndose de mí. La copa del árbol existe, está allí, pero un par de metros más allá de lo que había supuesto. Hay algo que no entiendo. Vuelvo a imaginar a una pareja de loros en pleno vuelo, descargando su diarrea antojadiza sobre el vidrio y evito enunciar un vituperio (de los estruendosos) para no atemorizar a los niños y a los padres que hay enfrente, disfrutando tranquilamente de una tarde en la plaza.

Mientras camino por el pueblo, temeroso de llamar la atención con –imagino- mi aspecto de zombi recién salido de un pantano del inframundo, recurro a las herramientas que tengo para intentar paliar la afrenta nauseabunda. Reflexiono sobre la naturaleza animal, la impermanencia de las cosas, la incontinencia, el azar y el libre albedrío de los sucesos. Comienzo a lograrlo, de a poco, luego de dos o tres cuadras transitadas, pero hay algo que no funciona: la imagen del vidrio enchastrado, mi ropa mancillada, el tiempo y la energía que voy a tener que invertir en limpiar todo ese asco. La lava comienza a ascender nuevamente. Vuelvo a pensar en el volcán hawaiiano: siempre me resultó curioso el dato que señala que, medido desde su base desde el fondo del océano y hasta su pico, supera en altura al monte Everest, el más alto del mundo, orgulloso, en Nepal.

Sigo caminando mientras trazo un paralelo con la humanidad. ¿Cuántas veces por día nos cruzamos – y en medio de diferentes matices – con situaciones que pueden ser metáfora de la diarrea, o viceversa? Acaso aquel señor sonriente que nos vende tal cosa y a tal precio un día y dos días después te arranca la cabeza…teniendo en cuenta la situación actual…¿vuela tan alto como un pájaro con procesos digestivos atolondrados? Acaso aquel odontólogo que un día parece la Madre Teresa y al otro te quiere birlar la muela de oro que nunca tuviste…¿ es tan diferente a una pareja imaginaria de loros que ni siquiera registraron que podían causar tal impacto? Intento rumiar la decepción, hacer alquimia, transformarla en algo que le dé sentido. A menudo me encuentro con ciertos inconvenientes cuyas enseñanzas, a corto, mediano y largo plazo, no termino de detectar. Pero aquí hay algo, estoy seguro. Entonces escribo este texto, una palabra, la otra, voy hilando y el enojo, por fin, desaparece.

 

© Nicolás García Sáez