Luego de un semestre muy activo en el que abundaron los talleres literarios, las muestras de cine independiente y las Gallery Nights, aún se percibe en el aire, amén del inconfundible aroma serrano, el brío de lo consolidado que también le cede paso a la novedad.
Por empezar, el tan comentado espacio de arte que el pintor Ocampo hizo construir a la vuelta de su casa, en el barrio residencial de la coqueta población cordobesa. Araya, pintora y autora de un blog sobre Van Gogh, es la mano derecha de Ocampo.
Mientras me invita a recorrer la sala, amplia y minimalista, puedo apreciar cómo, suspendidas en el tiempo, en el detalle suave, o apresuradas dentro de una explosión de colores, Ocampo logra crear atmósferas, epifanías que durante el viaje visual alumbran sus pinturas. Este conspicuo personaje forma parte activa del conjunto de artistas e intelectuales de renombre que decidieron vivir o pasar largas temporadas en La Cumbre. El más emblemático de todos ellos fue Mujica Lainez, que vivió en Cruz Chica entre 1964 y 1984, año de su muerte, en una magnífica casona de estilo español llamada El Paraíso, ya casi un mito entre los entusiastas del turismo cultural argentino. Allí, atento a lo que ofrecen las vitrinas, pueden apreciarse manuscritos de Proust, García Lorca o Juan de Garay.
En un simple paseo por el pueblo, las probabilidades de cruzarse con los pintores Bianchedi o Sáenz, con la entrañable pareja de escritores que conforman Mercado y Jitrik, o con el director de orquesta Calderón, son muchas. Entre los nuevos destacan Kociancich, una escritora exquisita proveniente de las mismísimas huestes de Borges y Bioy Casares, a la que se puede encontrar hablando sobre El Gatopardo de Lampedusa y otras yerbas en los cafés del centro, cerca del mediodía. Está Kovenski, un inquieto dibujante pop que abrió una pequeña galería en la que expone sus obras. Y está Páez, otra “víctima” de La Cumbre, en la que pasa largas temporadas grabando o filmando.
No sólo lo bueno conocido
A 1.141 metros sobre el nivel del mar, algunas calles de tierra que todavía no cayeron presas del asfalto son una delicia para caminar por la mañana o a la hora de la siesta. Hay aromas de peperina, lavanda, tomillo, pero también hay que tener cuidado con los perros que algunos indolentes dejan sueltos.
Al Cristo, que muchos se empeñan en no ver (pero ahí está la escultura de más de siete metros de alto, cómo negarla), es posible llegar a través de un frondoso Vía Crucis y desde esa cima, apreciar la panorámica más completa que pueda tenerse del pueblo y gran parte del Valle de Punilla. La vuelta, aligerada por la cuesta abajo, hace visible la pequeña capilla San Roque cuya construcción data de 1888; su interior, cautivante y silencioso, invita a la reflexión.
Desde la plaza 25 de Mayo, los pasos llevan a bordear el río San Jerónimo hasta dar con el balneario El Chorrito, bullicioso en verano pero inmerso en la calma fuera de temporada. Pasando la gran pileta, el paisaje da para internarse, recorrer el bosque espeso durante un par de horas y, finalmente, verse reflejado en una olla de aguas profundas.
La Cumbre energiza, doy fe. Aprovecho ese impulso para anotarme en una de las bicicleteadas que organiza Horacio Dorado. Este experto propone circuitos para novatos y experimentados; uno muy recomendable es el que atraviesa el valle del río Pinto y llega hasta San Marcos Sierras: son 35 kms que se cubren con guía y apoyo de combi.
La cancha de golf, por sus características, está entre las mejores de Córdoba. Los avezados sostienen que es muy entretenida debido a sus dificultades, y una a destacar es la incertidumbre de sus greens. Destacable son el club house y las casas señoriales estilo Tudor que rodean el golf, propiedades surgidas de la mano de las familias inglesas que llegaron con el ferrocarril a partir de 1920.
Recorrer los 18 hoyos me permitirá restar innumerables calorías y a la experiencia me remito aunque, goloso al fin, termino recuperándolas en El Escondido, bar minúsculo pero encantador atendido por sus artífices, Wolkowicz y Schvartz. Esto quiso ser un taller de cocina donde la gente podía tomarse un café mientras esperaba a que se le preparara el pedido, pero los clientes empezaron a instalarse sin que mediara otro interés que no fuera el de estar ahí, escuchar los secretos del pueblo y relamerse con los deliciosos muffins rellenos de queso, los scons (salados y dulces), cookies y esas cocadas perfectas? y las tortas, , que también reproduce en tamaño bolsillo. En el servicio conviven tazas y teteras de estilos mezclados, provenientes del esquilme familiar; el pueblo mismo fue haciendo su aporte: “La iba a tirar, pero pensé que?” y así creció la vajilla, ecléctica en su espontaneidad. Pruebo el pan casero bajo un techo de jazmines.
A pocas cuadras, la artista plástica Gargiulo (LUGARES 146) ofrece en su local pleno de obras de arte colectivas, las intensas pinturas y cerámicas de su autoría. Y no muy lejos, La Genuina sigue siendo la mejor contraseña para la lucha contra el lugar común de los souvenirs, con objetos de decoración y de arte únicos, además ropa y accesorios de bizarra identidad.
El dato flamante a la hora de dormir se llama Angelus y dado que está casi al final de una calle, es como decir que está en pleno campo. La casa, antigua, fue puntillosamente restaurada; tiene la virtud de la luminosidad e interiores con mucho clima en los que se lucen muebles y objetos de época. Angelus es el resultado de un proyecto que arrancó de la mano de la decoradora Menéndez y Caradonti, experta en ambientaciones; tiene cinco cuartos abajo y uno arriba, con una vista abierta al verde serrano y sereno de la villa. Es una propuesta excepcional, porque el huésped de verdad se siente aquí dueño de casa: si hay un grupo familiar por ejemplo, aunque queden cuartos libres, lo más probable es que resignen las reservas.
Qué pasa en las afueras
Por el sur se abren los ocho kilómetros del Camino de los Artesanos donde venden productos hechos con alpaca, con cuero, swéters, platería, objetos y esculturas de madera. O licores, mermeladas, conservas?No todo es lo que parece, de más está decirlo, fíjense sino en la hoja gigantesca de metal estampada en esa construcción cúbica de dos plantas; el local pertenece a los Gonçalves, pareja de orfebres que acaba de cumplir 30 años de residir en El Pungo, como se llama el paraje. Fueron los primeros en instalarse en el Camino, cuando aquello era la nada serrana. Hoy sus objetos de plata y alpaca destacan con una iluminación particular, diseñada especialmente para resaltar los brillos.
El Juku Bar, capitaneado por Testa, es un espacio que cuenta con una terraza desde donde se puede apreciar una buena porción de esta zona; su cava es exclusiva y la fondue de queso, sublime.
Los Molachino tienen un bar llamado Zagreo, los vinos de su cava son de bodegas boutique y la cazuela de cabrito que allí cuecen es un pedido impostergable.
Hacia el este, pasando la histórica estancia que sigue fabricando los mismos alfajores, se encuentra el dique San Jerónimo, pequeño pero acogedor, con un aire alpino o patagónico, según la subjetividad de cada cual. En las inmediaciones suelen aparecer zorros de andar escurridizo y hasta es posible encontrarse con unos señores que venden bolsas de hongos secos a muy buen precio.
La ruta E-66, todavía con rumbo este, arrima al río Tiu Mayú, generoso de truchas arco iris de pequeño tamaño; a Candonga, con su célebre capilla de 1720 consagrada a Nuestra Señora del Rosario y que nunca fue pública, sino parte de la estanciaSanta Gertrudis; a Ascochinga, un pago que guarda estancias de histórico linaje y donde se pueden hacer cabalgatas entre bosques, ríos y sierras.
Hacia el oeste de La Cumbre y después de atravesar un excitante camino de tierra, se llega al mirador del Cuchi Corral que permite observar el valle inmenso del río Pinto, los parapentistas empeñados en emular a Ícaro sin descuajaringarse y un atardecer que tiñe los alrededores como cada día: de naranja y fuego.
En Los Cocos, preguntando, se llega hasta las tejedoras de madreselva, igual que en Copacabana están las que hacen sus artesanías con hojas de palma.
Dolores, en el ejido de San Esteban, amerita una parada para echar una ojeada en Flor de Durazno, construcción del siglo XIX en la que el misterioso escritor Hugo Wast compuso la obra homónima, llevada al cine con la actuación estelar de Gardel; muy cerca se sostienen las ruinas de un molino diseñado por Eiffel, el mismo autor de la torre parisina.
San Esteban mismo guarda el casco de la antigua estancia El Buen Retiro (siglo XVI) que supo pertenecer al abuelo de Silvia de Ridder, hoy encargada de recibir huéspedes en la antigua casona (LUGARES 143) espléndidamente reciclada. Se llama El Puerto y es todo un hallazgo a apenas tres kilómetros de La Cumbre. No hace falta ir más allá.
©Nicolás García Sáez
Revista Lugares / Diario La Nación
https://www.lanacion.com.ar/turismo/la-cumbre-renovada-nid1963176/