Gyelsay Togmay Zangpo nació en el año 1297, en Puljung, al suroeste del mítico monasterio tibetano de Sakya, profetizado en su momento por Rinpoche, el Padmasambhava (en sánscrito: ¨nacido del loto¨), antes de que se construyeran las cuatro estupas que miraban hacia el sur, el norte, el este y el oeste. El gran Zangpo fue un dedicado erudito, estudió infinidad de enseñanzas de todas las tradiciones y dedicó su vida a abrir su corazón para poder recibir el sufrimiento de todos los seres, particularmente el de los enfermos y los indigentes, a quienes ayudó hasta el fin de sus días. Antes de fallecer, en 1371 , numerosos reportes hablan de la cercanía de Gyelsay a la Iluminación. Su obra más célebre son las ¨Treinta y siete prácticas de los Bodhisattvas¨. ¿Y qué significa ser un Bodhisattva? El budismo primigenio se refiere a alguien que está en la senda del Dharma, el camino de la Budeidad, incluso se refiere al período en el que el propio Buda trabajaba en su liberación.
Entre las treinta y siete prácticas, hoy vamos a destacar la de ¨La cueva¨, una metáfora que remite a algo tan sencillo como alejarse de la estulticia, tantas veces imperante en nuestra cotidianidad. Lo interesante de este asunto es que es posible correrse de allí, en principio muy brevemente, durante una hora por día, o cada dos días, contemplando el vaivén de las hojas en la copa de un árbol, u observando los movimientos de un gato o de un perro, perezosos, a la hora de la siesta, o intentando escuchar el sonido de las nubes, antes de una lluvia, o meditando (introduciendo tapones de silicona en los oídos, esto en los casos extremos, como los de habitar en alguna urbe cuyos decibeles se cuelan entre las cuatro paredes de un hogar), sentándose/recostándose decúbito dorsal para escuchar pura y exclusivamente a nuestra respiración, también en algún entorno silencioso, un aquí y ahora al alcance de todos los mortales de este bendito planeta. El practicante podrá ampliar esa base fundacional y tan necesaria del Dharma, alejándose durante horas, o días, semanas e incluso meses, si tiene la suerte de viajar hacia algún templo cercano o alejado en donde se realizan esas prácticas, siempre nobles, siempre tan nutritivas.
En ese devenir de una hora, un día, una semana o unos meses, ocurrirán, probablemente, ciertas turbulencias en la psique que tienen que ver pura y exclusivamente con el apego que nuestros pensamientos más tóxicos o mundanos se empeñan en recorrer hacia el pasado o hacia el futuro: siempre vamos a encontrar algo para lamentarnos sobre lo que hicimos mal, o algo para relamernos o enorgullecernos de antemano sobre lo que queremos hacer mejor. No está nada mal revisar los errores para intentar no repetirlos, está muy bien proyectar un futuro para fortalecer nuestro bienestar, pero esta herramienta, tan poderosa como diáfana y accesible, es una oportunidad de oro para comenzar a encausarnos en el presente, hacer que el tiempo, nuestro recurso más valioso, rinda más y mejor y, en ese nuevo camino, decidir cómo, cuándo, qué es lo que queremos pensar, decidir, percibir, sentir, palpar, etcétera.
Desde esta trinchera, se invita cordialmente a todos y a todas, a hacer la prueba y que, una vez realizada y potenciada, a medida que sea progresiva, se vaya confirmando, o no, si al escuchar el canto de los pájaros predomina, en el espíritu de cada uno y de cada una, la alegría del esplendor de las vidas ajenas ante la acostumbrada indiferencia auditiva, o si sobresale, en la caricia de un céfiro en medio del estío, la delicadeza que a diario nos regala la Naturaleza y luego, o en ese mismo momento, notar la diferencia entre saborear muy lentamente la textura y el interior de alguna fruta para valorar inconmensurablemente su dulzura, frente a lo que hasta ahora fue un objeto casi baladí que solo estuvo ocupando un lugar en la heladera para paliar un antojo fugaz.
© Nicolás García Sáez
*Continuará