La Reserva Ecológica de Buenos Aires

Si yo le dijese que a pocos pasos del microcentro porteño puede encontrarse con un lagarto de dimensiones, digamos, intimidantes, ¿usted me creería? O que si luego de dar una vuelta por ese otro microcosmos un poco más ordenado que es Puerto Madero, a muy pocos centenares de metros de allí, puede cruzarse con un cisne de cuello negro o una tortuga acuática, ambos boyando a su libre albedrío, ¿usted que diría? Como breve resumen introductorio, o leve y necesaria digresión, enumeraremos a vuelo de pájaro algunos íconos afamados de la Capital: el tango, el Obelisco, la Avenida Corrientes, las librerías, el fútbol, Palermo, Boca Juniors, a veces River (vengan de a uno) caos y amabilidad. Y un anti-ícono, que es la falta de un mar, suspirado por toda la población (que además de desearlo también a menudo le echa parte de la culpa a los señores Mendoza y Garay por no haberse desplazado, en su momento, un poco más hacia el Océano Atlántico a la hora de fundar y refundar a esta ciudad portuaria), un mar, decíamos, que, al buscar una opción muy cercana a la metrópoli, es reemplazado por los amantes de la naturaleza que acuden entusiasmados los fines de semana al Delta del Tigre, o a ese otro lugar ubicado en la otra punta de la ciudad, lugar generoso en su extensión, prodigio de paisajes sorprendentes, espacio verde para pasar buena parte del día, un lugar que incluso muchos porteños desconocen: la Reserva Ecológica de Buenos Aires, en la Costanera Sur, un pulmón gigantesco de 350 hectáreas, hacia el lado Este del Río de la Plata.

Imaginemos a nuestros bisabuelos y tatarabuelos vestidos con esos trajes de baño enterizos, a rayas. Ellos, en la memoria, se presentan como presidiarios desenvueltos del estío y ellas, más recatadas, con sombreros y sombrillas, consiguen ese toque extra de elegancia, un recuerdo que hoy se debate entre la gracia y la nostalgia. En 1918 nuestros precursores acudían en tranvía al balneario municipal recién inaugurado, aprovechaban los meses calurosos y se bañaban en el río, separados por sexos, según reglamentos que en la actualidad se pueden conseguir como souvenir en alguna tienda de antigüedades de San Telmo. En las décadas siguientes, la zona que bordea actualmente a la Reserva Ecológica, el balneario mencionado, fue creciendo gracias al aterrizaje de confiterías admirables, las farolas, los mármoles y la Fuente de las Nereidas, el capolavoro de la escultora Lola Mora, un esfuerzo monumental que hoy puede apreciarse a pocos pasos de la entrada a este predio gigantesco en el que impera la Naturaleza. Así, los porteños eligieron a este paseo como uno de sus preferidos para recrearse durante el día y parte de la noche. Hasta que alrededor de 1950 empieza su decadencia. Las instalaciones se fueron deteriorando, al igual que la atención de las autoridades encargadas de mantenerlas en buen estado. El Río de la Plata comenzó a contaminarse. Durante la década oscura del 70 y los principios siniestros de los 80, un proyecto urbanístico mal elaborado intenta ganarle terreno a ese mismo río que hacía las delicias de nuestros antepasados. La naturaleza es sabia, se sabe, tanto que fue apoderándose de los escombros que se habían utilizado para las construcciones de las autopistas, aptos para el relleno. Durante los largos años de abandono un universo pletórico de vida consumó la hazaña. Transportadas por el viento y el agua, semillas de innumerables especies exóticas o características de la ribera se impusieron en el sedimento y, paulatinamente, provocaron pastizales y bosques que atrajeron a los animales. Las lluvias hicieron el resto y crearon las lagunas.

Desde ya los tranquilizo diciéndole que el lagarto mencionado en el párrafo inicial no tiene ningún interés en cruzarse con ustedes, ni con ningún otro ser humano. Mucho menos el cisne o la tortuga. Prefieren aprovechar que este es un espacio muy protegido (reconocido en 1986) para deambular serenamente por lagunas, pastizales, matorrales o bosques de alisos, sauces y acacias. Terrenos que también son aprovechados por sapos cavadores y ranas criollas, varilleros, benteveos, chiricotes, tacuaritas y chingolos. Murciélagos por la noche, ratones de campo al amanecer, coipos y comadrejas coloradas. O patos, garzas, gallaretas. Y es extraño, porque mientras uno se desplaza por los senderos, anchos, profundos y prolijos de la Reserva Ecológica, se percibe a los costados, entre las cortaderas que se mecen con los céfiros, en los túneles de ramas y hojas o envuelto en el aire, un runrún casi silencioso, difícil de ver, e incluso de entender, algo inherente a la zona que agudiza todo tipo de curiosidades. Allí también, pero bajo el agua, fuera de nuestra vista o la de los binoculares, se desplazan a su antojo las bogas, los bagres amarillos, las tarariras, las viejas de agua o los dorados. Y muy cerca, en la orilla, las nutrias, los coipos, el macá y el biguá, entre tantísimos otros. Seres vivos mas “amigables” como las libélulas, las mariposas, las abejas, escarabajos y hormigas se pueden apreciar durante el recorrido mientras los visitantes practican aerobismo y ciclismo, hacen un picnic en una playa de arena sucia y demasiados escombros que cuentan con algunos servicios con inmejorables vistas al río, o simplemente disfrutan de un paseo inolvidable cuya entrada, no es un detalle menor, siempre es gratuita.

© Nicolás García Sáez* / Diario ¨La Portada¨ / *Editor del suplemento de viajes, turismo y cultura*

Año 2014 / Buenos Aires

Ejemplar impreso a disposición del/la interesado/a