Parecen dos globos rojos esos cachetes colorados que se van pintando por la emoción de ese par de dados revueltos. El hombre podría ser de Kansas, tal vez de Nebraska, podría ser de Idaho, puede que de Iowa; calvo, camisa de flores y rombos dispersos, barriga que la va de prominente, bermuda corta color caqui, las piernas afeitadas, medias blancas, zapatillas idem. Un gringo. el croupier sacude emocionado y arroja al vacío los dados…¡Bingo! Número acertado, dólar ganado. La mujer-ataviada de modo similar, cabello batido al intenso carmesí- le pega un codazo victorioso al vencedor y propone un brindis. Si, claro, por supuesto, otra ronda senorita, por favor.
Canta el licor de su contento, un desierto regado en mil neones, en millones, se pasea con sus sombras cada vez más asombrada la realidad, ataviada gentilmente con el celofán multicolor de la ficción; montones de tragamonedas, ruleta, black jack, ron y bacará. Cataratas tintineando, pantallas que aplauden y tientan a las mil apuestas…y lo cotidiano, moneda corriente que se va regodeando con batallones de musas que inspiran y no dan respiro. Delirante, ostentosa, bizarra, extravagante, atractiva, misteriosa, caprichosa, señoras y señores: welcome to Las Vegas.
Para todos los gustos
Desierto de Nevada, ciudad de Las Vegas, noche de estrellas y duendes traviesos; brillan los monumentales megaresorts temáticos, a cual más grande, a cual más pomposo, distribuídos y estratégicamente ubicados a lo largo de The Strip, La Franja: siete kilómetros de juerga y jarana, las 24 horas, todo el año funky y rock & roll. Lugar de reunión y diversión, de encuentro y desencuentros, de sueños, ilusiones, triunfos y derrotas; pasean por las salas, los salones, los casinos, damas y caballeros de los cinco continentes, aquellos timberos que se la juegan al todo o nada, señoritas de acento californiano y curvas estupendas regalando tragos por doquier, rubicundos querubines malcriados pidiendo esto y aquello, guardias de seguridad, turistas y enamorados; se pasean treintañeros, cuarentones, cincuentones y un baladrón balbucenado una balada baladí; millonarios, magnates de gruesos billetes, ricachones, matrimonios dudosos, ancianos excéntricos, jóvenes joviales, otros no tanto; pisan sus salones gatos caros de cotillón rentado, eternos colgados del tiempo y el ciberespacio, bellezas y beldades, artistas maquillados de vodevil, cantantes de voz ronca y estrellas que se apaga, divas navegando en la cresta de la ola hollywoodense, comediantes de los buenos y algunos otros más o menos…Cantan a coro los ángeles de la fortuna y se escucha el lamento de los bolsillos rotos en el epicentro de lo más bizarro y delirante del planeta, plantado en medio de la nada, de un desierto gigantesco, improbable, imposible…
Del pasto al show
Y cuesta creerlo todavía. Hace poco más de un siglo y medio correteaban por ésta, su zona, los indios paiute; el mexicano Rafael Rivera, hombre corpulento y de grueso mostacho, se encargó,así dice la historia, de redescubrirla. Había, extrañamente, en el lugar, abundante agua y generosos pastos bien servidos para los caballos que iban o volvían de un día de noble trajín por el desierto; el lugar fue bautizado como Vegas o The Meadows (Las Praderas). El tiempo pasó y el lugar se convirtió en una parada regular del camino que seguían los viajeros y comerciantes hacia el sol de Los Angeles, en el vecino estado de California. Los pastos fueron reemplazados cuando, en 1902, las tierras fueron vendidas a una compañía de ferrocarril. La zona comenzó a desarrollarse.
Corre el año 31 del siglo pasado cuando el estado de Nevada decide legalizar el juego, simplificar las leyes de divorcio y abrir así el camino para la construcción del primer gran casino en The Strip: se llamaba El Rancho, tenía 63 cuartos y fue inaugurado entre pompa y matraca mientras corría 1941.
Por esos años, y acá comienza lo bueno, el famoso gángster Benjamín Bugsy Siegel forma parte de los nuevos inversores y construye el casino Flamingo, de grandes dimensiones y neón abundante, marcando el ritmo de los que vendrían más tarde. El Flamingo, varias veces remodelado, es el único hotel que conserva el nombre de la primera época de The Strip.
Durante las décadas del 50 y del 60 abrieron sus puertas numerosos hoteles, pero fue en el año 1976 ,cuando la timba fue legalizada en Atlantic City, que Las Vegas sintió el zumbido de la mosca susurrándole al oído, una sombra amenazando en el desierto. Gente de recursos y, al fin de cuentas, hombres de juego, los muchachos de Nevada no se quedaron de brazos cruzados. Ingenio, inversión, dedicación. Resultado: los impresionantes megaresorts temáticos que hoy abren las puertas al mundo entero.
Los super hoteles
Habrá que aclarar que Las Vegas es la ciudad de mayor crecimiento de los Estados Unidos (el estado de Nevada presenta el índice de crecimineto más alto del país y los residentes ,oh, no pagan impuestos) y que cuenta con once de los doce hoteles más grandes del mundo.
El MGM (Metro Goldwin Mayer) es un monstruo grande que pisa más que fuerte, el más inmenso del planeta, construído en el 93: alrededor de 6.000 habitaciones, cachorros de león descansando sobre techos vidriados, el público hipnotizado al borde de la tortícolis y la opulencia omnipresente en todos sus shoppings, salas, casinos, restaurantes, piscinas, bares y baños.
El hotel Venetian intenta – y se aproxima bastante – reconstruir, recrear la mismísima Piazza San Marco. Menuda sorpresa se llevará quien recorra sus instalaciones bajo un cielo veneciano de cartón pintado.
Otro de los que no quedan atrás es el hotel Bellagio,dos mil millones de inversión (si, 2.000); su tema es una villa toscana, con sus casas impolutas bordeando el lago Como (artificial, por supuesto, no sabemos si tan impecable como el de Lombardía), magníficos cipreses, aguas que danzan al son de Frank Sinatra y una colección de arte que cuenta con originalísimos Picasso, Matisse, Van Gogh.
Cruzando apenas la avenida más concurrida de Las Vegas, una imitación de la escultura más famosa del mundo: la gran torre parisina, casi en tamaño real. Ostentación a granel, joie de vivre. A metros nomás, un puerto pirata: barcos bucaneros con extras de cine en ascenso, una playa artificial de arena con olas de dos metros de altura, una señora redonda untada al betún, aquel Casanova que le acerca un clavel sincero, un caballero suspirando.
Y siguen las sorpresas en la capital mundial del entretenimiento, el reino del delirio: la ciudad de Nueva York, imitada a retazos y una montaña rusa de adrenalina y gritos atravesándola, una copia total y absolutamente bizarra de una pirámide egipcia con gigantesca tumba de Tutankamon inside, un gondolieri que está dale que dale al tragamonedas y nada, un encantador de serpientes desencantado porque su serpiente se quedó dormida. Puentes, escaleras mecánicas, túneles para comunicarse mejor; para atraer, atraernos y ser presa fácil, casi consciente y aceptar el juego como un pacto tácito, un conjuro con el neón todopoderoso, un gran flautista de Hamelin que nos seduce con sus melodías melosamente circenses, matemáticamente cursis. Rasgos inherentes del azar y la parodia. Perfidias de un caos medianamente civilizado. Así es Las Vegas, y hay muchas vueltas que darle, tela para recortar, jugo por beber. Fiesta perpetua. Noche eterna. Aunque el generoso sol del desierto insista en derramarse por sus rincones más trillados. Noche de velas. Noche de juego.
Fremont
Ya son tres las gotas que se tiran de cabeza hacia el cárabe líquido; la segunda de ellas se dió de porras con la punta del hielo que apunta puntiaguada hacia aquella dicroica semitapada; el pañuelo es de hilo blanco gastado, muy buena marca, todo empapado. El hombre se seca la frente por vigésimo novena vez en lo que va de la noche; pide otra ronda, que venga otro whisky. La pelotita blanca y saltarina da vueltas y vueltitas y la rueda horizontal giratoria que, de a poco, detiene su marcha para decidir que el número triunfal es el ocho. El hombre masculla murmullos y aprieta los dientes; está por decirle algo al croupier, pero se contiene a mitad de camino; el croupier le devuelve gentil una sonrisa de azafata; el hombre pide otro whisky. Esta noche no es La Noche. All night long baby.
Algunos metros y centímetros más afuera, en la calle más iluminada del mundo, la gente boquiabierta que observa, casi embalsamada, un cielo techado en mil luces de colores. No es para menos: una inversión de casi 70 millones de dólares reanimó al viejo downtown de Las Vegas, que estuvo a punto de sucumbir bajo las fauces millonarias de los resorts de la gran franja de neón, algunos kilómetros más allá. El mega emprendimiento fue bautizado como The Fremont Experience y es llevado a buen puerto por cuatro cuadras total, absoluta y completamente vestidas de luces; un millón y medio de lámparas y lamparitas que se encienden a veintisiete metros de altura. Todas las noches, puntualmente, cada quince minutos, Fremont presenta su show de luces y sonidos. Esta noche el tema es el mar: tiburones, delfines, mojarritas y una bella sirena recostada en la placidez de su cola de pez, acaricia su pelo, sonríe, abre la boca -burbujas de artificio- y la lengua de Neptuno que acaricia al distinguido público. Aplausos. Se apagan las luces y se enciende Fremont. Más aplausos y vítores para darle la bienvenida a otro juego, a otro y a otro… en esta noche que se extiende y se agranda, y parece, casi, de nunca acabar.
© Nicolás García Sáez / Desde Las Vegas / Texto y fotos
Crónica publicada como tapa y nota de doble página central en el suplemento de viajes y turismo del diario “La Capital”, de la ciudad de Rosario, Argentina. Este diario fue fundado en 1867 y es el periódico más antiguo del país, todavía en circulación, por lo que ha ganado el título de “Decano de la Prensa Argentina”.
