Mientras observo una maravilla visual que podría entrar en la categoría de “comida animada”, me acuerdo que eso, de manera similar y hace algunas décadas, lo hizo Peter Gabriel con el clip de la plastilina, probablemente inspirado en Giuseppe Arcimboldo. Todo vuelve, pero el gran punto de partida (mi oráculo y su graduación) fue a comienzos de los 80, años raros que venían de los 70, que venían de los 60 y éstos de la prehistoria. Un videoclip, con sus satélites, representaba una gran ventana hacia el mundo para un adolescente curioso de capital latinoamericana. Por eso, acuérdense de la historia de amor noruego dibujada por A-ha, de la barba gorda y fea que un orondo Pettinato deslucía en canal siete, de la revista Pelo, pero sin Pimpinela de fondo. Todo, amigos, amigas, estaba sucediendo, otra vez, pero allí, en la ciudad de Buenos Aires. La capital porteña, siempre lo dije, tuvo una movida infinitamente más intensa y profunda que la madrileña, la gran diferencia es que en España contaron con más difusión internacional, supongo que, en buena parte, gracias al cine de Almodovar. Aquel que superase la tonta nostalgia de no haber pertenecido a los 60, o de no haber sido ¨iluminado¨ por los focos del planeta de ese entonces, podía darse cuenta que “todo” estaba en la entrada de Cemento o el Parakuktural (doble obviedad, a esta altura, mencionar el crepúsculo de esos templos) o en Medio Mundo Varieté, o enfrente, en aquel otro templo que era La Verdulería (pocas veces un espacio fue promotor y dador de tanto y tan excelso cachengue) o muy cerca, en el Centro Cultural Ricardo Rojas, o a pocos pasos y pesos, yendo taxi, en Paladium, pleno microcentro, reino de inolvidables camaradas que bailaban como murciélagos al son de The Cure. Mi cábala durante años, al entrar a aquella nave espacial. fue la de ingresar ataviado con una remera negra que decía, con letras rojas y desprolijas, “Bela Lugosi is not dead”.
La primavera alfonsinista y sus turbulencias se extendieron durante años como una sombra alegre por la ciudad. Un viento refrescante que teñía todo con colores sombríos o fosforescentes, colores que pintaban el día a día. Por ejemplo: lo que mi abuela pensase sobre Flashdance o los pasitos yeah yeah de Michael Jackson, tenían el mismo significado (con su rigor simbólico y emotivo, aunque éstos también puedan fundirse, claro) que la opinión de mi primera novia sobre los tempranos compactos del tío Bukowski, con traducción de Pérez y Alvarez, para Anagrama. Colores que, por supuesto, también abarcaban los fines de semana: emblemas como las zapatillas Flecha, sin puntera de goma, teñidas de naranja o violeta (mis colores preferidos) con anilina Colibrí, o los pantalones con base campana y firuletes bordados del bolichito de Friends (envidia declarada de Oxford Street) tenían el mismísimo valor que el Vhs de “Mujeres al borde de un ataque de nervios¨, visto estratégicamente un domingo porteño a las siete de la tarde, momento ideal y constatado por todos los suicidas de la ciudad, o un valor paralelo al resultado del siguiente domingo en La Bombonera que, no está demás decirlo, poco tiempo atrás había tenido al mismísimo Dios vistiendo su camiseta número diez.
Escuché los vientos mágicos, precisos, portentosos de la banda de James Brown y decidí que quería tocar el saxo. Fíjense en You Tube, destacan siempre, eternamente, con sus blancos, grises y negros. Tenía catorce años cuando toqué por primera vez y, con más o menos suerte, todavía lo sigo haciendo. Permítanme decirles que, para los puristas ochentosos (supongo que yo soy o fui uno de ellos/as), James Brown todavía no era un clásico sino, más bien, una presencia descomunal que pertenecía a los setenta, aunque The Minister of the New Super-Heavy Funk, en los ochenta, antes de ir a la cárcel por un hecho condenable de violencia doméstica, grabase nueve discos, a los que luego se sumaron las compilaciones.
En los últimos años del colegio secundario me encontré con gente interesante, tan devota de Pink Floyd como yo, e incluso un poco más. Los amaneceres con mis amigos y con la marihuana de aquellos años comenzaron a ser diferentes a los que conocía, aquellas alboradas eran maravillosas, en Buenos Aires, en el río de la Plata, en el conurbano, en las playas argentinas, brasileras y uruguayas… los ochenta y, en dosis elevadas, toda su música, siempre aparecían como cortina de fondo o figura principal apenas asomaba el Astro Rey. Me acuerdo durante una aurora charrúa buceando en mi walkman la tonta, dulce y maravillosa nostalgia, todavía cercana, de Meddle y Atom Heart Mother. Me acuerdo de un día nublado y caluroso en una playa de Florianópolis, me acuerdo y digo piloerección, o digo goosebumps o pienso en erizos capilares para referirme a la piel de gallina que se impone mientras visualizo a mi cuerpo bailando dentro del agua tibia sintiendo allí, muy presente, el fantasma de Bob Marley. Yo había renacido en esa década y nunca quise darle la espalda, todo lo contrario, mera cuestión de identidades muy primarias.
Pero entonces los 80 irrumpían con U2, The Cure, Joy Division, Depeche Mode , con estrellas más de cabotaje como Os Paralamas y Ritchie (si, el empalagoso de la pegadiza Menina Veneno), con los últimos ecos de un Lennon solista y una Yoko que aportaba con su canto poco y naranja, o con los bolicheros ignotos en donde se escuchaban los pañales del tecno. También con toda la amplia legión de compatriotas, entre los que hoy acuden a mi memoria Sumo, Virus, los Cadillacs y los Abuelos de la Nada. Y Vox Dei, claro, que en aquel momento era escuchada, curiosamente, como “banda nostálgica”. A los Abuelos los vi con principio de acné, parado sobre las butacas de la primera fila, en un teatro de Mar del Plata; a la salida del show Bazterrica nos dio la mano a mi hermano y a mí. A los Cadillacs los vi y escuché enfrente de ATC, en aquel show del lago que, milagro, no se electrificó, mientras la poli corría a la gente que bailaba en el agua turbia (y tibia) que separaba al escenario. A Luca no me acuerdo si lo vi, pero aparece ante mí la imagen de Los Twist tocando su primer disco en Barrancas y, en el medio de aquel gran recital, los escupitajos virulentos de algunos de sus afectuosos ejecutantes, un detalle de reciprocidad hacia los panes de pasto que volaban hacia ellos, con intensa y poderosa ternura de fan, durante casi media hora.
Pienso en los disfraces y las vestimentas de aquellos días, uniformes de identificación y batalla que llegaban a la apoteosis de la asimilación al darse cuenta que estaban en la cresta de la ola de una época para, de inmediato, perder el equilibrio y procesar todo a la velocidad del vértigo que hay en el rasguño de un gato. ¿Y yo por qué me lavo las manos ante todo esto?, ¿soy inocente porque me negué a imitar aquel peinado de coiffeur con Torino cupé que gustaban lucir los de Soda?, ¿o porque casi nunca usé hombreras? ¡Por bailar todas las de Siouxie y las de Cindy Lauper en Cap Manuel!, me recordarán aquellos compañeros de ruta. A mediados de los 80 la Avenida Santa Fe, por citar a una entre tantas otras, los días de semana, a ciertas horas de la madrugada, parecía un desfile de quirópteros maquillados y melancólicos que recién entonces se atrevían a salir de sus cuevas para encontrarse con sus semejantes. Los emos actuales son unos ositos de peluche bañados en caramelo y azúcar impalpable con miel si se los compara con aquellos extrañísimos New Romantics, como gustaban denominarse entre ellos, una versión más oscura, pero también mucho más pacífica de los mods de Gran Bretaña, inmortalizados en Quadrophenia. Y con otros hábitos horarios. Varios años más tarde me encontré con uno de estos personajes deambulando en un show de Divididos. Era la misma persona, con algunas arrugas que representaban, probablemente y sin quererlo, la actualidad de los 80.
Buenos Aires / Año 1994 (revisado y actualizado)
© Nicolás García Sáez