Ríe la Calavera Catrina y retumba su risa de muerte feliz por las calles oaxaqueñas. Amanece tibio y sereno, aquí, en el centro de la tierra azteca. Salen las señoras bien despiertas a barrer las calles de piedras centenarias, mientras un hombre de traje gris y la nariz de rojo rimbombante camina sin rumbo y en rombos y desaparece a la vuelta del farol de la esquina.
Ciudad de Oaxaca, patrimonio mundial de la humanidad: calles de musgos coloniales y aceras gastadas, muros vestidos de verde, rosa, rojo, paredes que chillan violetas y azules, marcos de blanco inmaculado y madera bien lustrada. El casco antiguo mantiene orgulloso su esencia y se prepara para recibir el desfile diario de forasteros y nativos: van pasando -como actores sin cámara, en una película de Ripstein- un hombre que silba bajito mientras reparte agua en bicicleta; la señora que, curtida por el sol, esconde su rostro para que no le roben el alma; otro que va cargando orgulloso sus canastos, sus cestos, más canastos; uno que viene hablando solo, mira para arriba, para abajo, me mira, sigue caminando; dos gringos de ardientes cachetes que olvidaron el protector solar…
Abre sus puertas de centenaria madera el templo de Santo Domingo de Guzmán, testigo de soles y sombras desde fines del Siglo XVI, gigantesca obra de arte construída con voluntad y mucha inspiración por los artesanos indígenas de aquellas épocas: el oro brilla entre los rezos y salmos de miles de fieles y le va ganando espacio a la penumbra. Augusto se presenta el interior de la iglesia cuando sabio nos muestra el árbol de la vida, una exquisita representación de cientos y cientos de ramas enmarañadas de las que brotan como vástagos miles de fieles representantes de la iconografía católica.
El zócalo, principal punto de reunión y comunión, valga la cacofonía, despliega su rutina en sus lugares de siempre: en la catedral, señoras de rostro angelical cantan bajito, pasan el plumero, los trapos con agua; pide pan y cada tanto le dan al hombre de hombros cansados, el cuerpo que se va, el traje gastado, un mapa en la frente. Bajo la recova. se arma mañanera la tertulia, mientras un cuate se le anima a las cuerdas y se arrima al amor; en el mercado, con sus bichos, sus frutas, sus calzados, sus ropas, damas de atuendos chillones que venden, que van y que vienen, te ven la cara y te inventan un precio: gana el que sonríe mejor. Trato justo, trato hecho.
Alebrijes, calaveras y tamales
Un rinoceronte de cuernos carmesí, cabeza verde, zapatos rojos y trompa amarilla que toca un saxo de lo más campante; una rana sonriente, de ojos saltones y joroba prominente cubierta de flores y de copos de nieve; una tortuga de caparazón multicolor cargando un mundo de paisajes en su lomo…Alucinados. los artesanos han trabajado sin ton ni son la madera del árbol de copal para luego desplegar ,en la feria del zócalo, la zoología fantástica de los alebrijes: animales mitológicos en mil formas de madera, que cumplen la noble función de ahuyentar la adversidad de los malos espíritus e impregnar los hogares de bienaventuranza. Desfilan máscaras variopintas en lo más selecto del tendal: la calavera catrina que sigue chillando, diablos ciclotímicos de mueca dudosa y nariz prominente, cóndores y mártires, brujas y duendes, Pancho Villa y el Che.
Oaxaca es uno de los estados de México más ricos, más fecundos en lo que a arte popular se refiere: dicen los que las trabajan que “prácticamente no existe una esfera del amplio registro de materias primas de la artesanía (telas, madera, barro, hierro, metales preciosos, pieles) que no encuentre una manifestación singular en Oaxaca, apoyada en el talento artístico y la imaginación de sus creadores”.
Interesante es el resultado de la fusión entre la imaginación de los creadores y el respeto que sienten por los medios y las técnicas tradicionales: el ejemplo más llamativo lo podemos encontrar en los textiles: telas y lanas son trabajadas, elaboradas como hace siglos, con la ayuda de telares de cintura, ruecas, bayonetas y colorantes naturales. Los trabajos en madera también van cobrando fama en el planeta, aparte de los ya mencionados alebrijes, abundan los esqueletos y los diablos que convierten a la muerte en una fiesta cuando llega el Carnaval o el Día de los Muertos.
“Que todas las noches sean noches de boda, que todas las lunas sean lunas de miel”, susurra un trío de mariachis de fino mostacho a una parejita de tórtolos suizos (¿o eran holandeses?) que comienzan a disfrutar las bondades de un almuerzo a la mexicana. La cocina oaxaqueña, una de las más respetadas del continente americano, puede explicarse desde el mestizaje de las tradiciones indígenas autóctonas, la suntuosidad de las mesas aztecas y el barroquismo colonial. Cada plato, que generoso se sirve en las mesas, encierra en todo su sabor, horas y horas de trabajo frente a los fogones. Valgan de ejemplo los tamales, que exigen lavar, asar, remojar una por una las hojas del envoltorio, tostar, moler los pimienots, cocer, descabezar y martajar el maíz, guisar el relleno, embarrar, rellenar, preparar el recipiente para su cocimiento, doblar, atar, acomodar, cocer y, por fin, servir. Buen provecho.
Ruinas, tapetes y noches de fiesta
Se aprovecharán las horas de la tarde para visitar los alrededores de Oaxaca, que tienen mucho y de lo más variado para ofrecer: a 10 kilómetros de la ciudad se encuentra el centro ceremonial del Monte Albán, sitio arqueológico declarado también por la Unesco “Patrimonio de la humanidad” y que fuera la antigua capital de los zapotecas, uno de los pueblos más civilizados y poderosos que habitaban en México, fundado hace aproximadamente 500 años. Grandes espacios de verdes y ruinas para recorrer, aprender e ir mimetizándose con un tiempo que no corre, que no vuela, que se siente más allá de cada segundo, en sus rocas, en sus templos, en la historia que se va descubriendo a cada paso.
En Teotitlán del Valle, a 28 kilómetros de Oaxaca, podremos encontrar un poblado dedicado a la elaboración de tapetes de lana en telares domésticos, utilizándose para su elaboración tintes naturales como la grana cochinilla, insecto que habita en el nopal y que -una vez triturado y hervido- proporciona hasta dieciseis tonalidades de color rojo; el azul nace con la fermentación del añil, que es un arbusto leguminoso y el musgo de roca que proporciona un color amarillo. Abren sus puertas los artesanos y ofrecen a los turistas de todas las latitudes productos bien terminados, precios que se conversan (regateo) y la calidez de siempre. Consejo: no irse de este poblado sin visitar el templo de la Preciosa Sangre de Cristo, construído en el siglo XVII.
Cae tranquila la noche de estrellas: calles coloniales que se visten de faroles, silencio y ocres. Una trompeta desafinada se oye a lo lejos. El ex convento de Santa Catalina ,que data del siglo XVI, hoy transformado en hotel, es una de las joyas coloniales del centro de Oaxaca y se viste de fiesta para regalar lo más representativo de sus danzas, sus bailes, su espíritu.
Corre como reguero de pólvora el mezcal, la famosa bebida del gusanito. Los bares del zócalo van recibiendo a una tropa de lo más hetereogénea y entonada: teutones ataviados con ponchos multicolores, españolas la mar de discretas, mexicanos como Pancho por su casa, inglesas que te devoran con su acento, argentinos que aprovechan la ocasión…Sigue la ronda, trencitos y brindis; los covers de viejas canciones, amigos nuevos de otras naciones, una trompeta sonando cada vez más cerca, cada vez mejor y la noche de Oaxaca que generosa se va despidiendo y le desea a su gente, la gente que baila, que disfrute su noche, una noche de amor.
© Nicolás García Sáez
Crónica publicada como tapa y nota de doble página central en el suplemento de viajes y turismo del diario “La Capital”, de la ciudad de Rosario, Argentina. Este diario fue fundado en 1867 y es el periódico más antiguo del país, todavía en circulación, por lo que ha ganado el título de “Decano de la Prensa Argentina”.
