Estoy en el Valle de Punilla, son cerca de las siete de la mañana, sobre el horizonte un sol naranja y fuego brota alucinante. Sierras, ríos, la paz cordobesa del cielo, ahora celeste, diáfano y perfecto. Y sin embargo… paso revista por infinidad de fotos que estuve tomando hace algunas semanas en los parques y las plazas de Buenos Aires y siento una nostalgia lenta, traducida en la ilusión de estar caminando entre la niebla durante la madrugada de un día de semana silencioso, al costado del lago del Rosedal, escuchando como los patos nocturnos se cortejan en la isla. O en las ganas de estar recostado, a la hora de una siesta que nunca se duerme, en esas barranquitas que anticipan la Biblioteca de Clorindo Testa. O allí, casi enfrente, sobre la Avenida Libertador, pensando en cisnes nicaragüenses ante la escultura de Rubén Darío, aquel acero prolijo en el que un caballo alado parece incrustarse dentro de sus pensamientos.
Buenos Aires se va posicionando día a día como una de las ciudades más encantadoras del mundo. Y no está de más aclarar cada tanto que hay vida mas allá de los bifes, el tango o el fútbol. Los nativos, los adoptados y los turistas sorprendidos podrán comprobar, con los primeros brotes de esta primavera, la maravilla leve o, ya de plano, el éxtasis arrollador que rodea con sus aromas, formas, sonidos, movimientos y colores a todas las plazas y los parques, pulmones verdes que ayudan a engrandecer una luz instalada hace siglos sobre la Reina del Plata.
Varios años en la lejanía han ubicado a mi ciudad natal en un lugar que habita espacios considerables de mi carácter. Confieso que fui uno de los tantos que armaron las valijas (ese acto tan porteño que a esa altura no registra ninguna plaza, ningún parque) para ir tras el canto de aquellas sirenas del Viejo Mundo que anunciaban, en voz muy baja, el principio del fin de la plata dulce española. Y también fui uno de los que, sin mirar atrás, se dieron cuenta al regreso como la Reina del Plata se fue posicionando entre una de esas capitales cosmopólitas señaladas como las más importantes e interesantes del mundo. Con su falta de sierras y la insistente queja sobre la ausencia de una salida al mar, pero con el espíritu de una arrogancia encantadora, los pulmones, espacios verdes que emergen como oasis urbanos, fueron recuperando en mi memoria el lugar que les correspondía. Con rejas o sin ellas, me di cuenta cuando, atravesando un Océano turbulento y gigantesco, observé meticulosamente sobre la pantalla de la pared de un avión varias imágenes en las que aparecían, con todo su esplendor, el Jardín Japonés y los Bosques de Palermo. Unos turistas sajones, al verlos, hicieron comentarios efusivos que en épocas mas felices hubiesen merecido el Bois de Boulogne parisino o el Parque del Retiro madrileño. Lo supe también cuando una mañana soleada de otoño me emborraché, después de muchos años de no hacerlo, con el olor del pasto recién cortado en el soberbio Parque Las Heras, la ex Penitenciaria a la que iba a jugar al fútbol con mis amigos cuando eso era un baldío gigantesco de tierra seca y pedazos peligrosos de vidrio. Me di cuenta, por último cuando, no hace mucho tiempo, aquella tarde tibia un gato gordo y peludo ronroneó sobre mi regazo hasta quedarse dormido, aprovechando la soledad y el silencio que conviven siempre entre los senderos menos transitados del Botánico. Y entonces no hubo sitio o destino paradisíaco en la Tierra que me tentase para dejar tantos lugares y momentos, suspendidos como una epifanía, que volvían a regalarme con todo su arrebato exquisito las plazas y los parques porteños.
Con la mirada cándida de un niño que hace una excursión junto a su escuela, con la percepción curtida de un adulto sensible o algún anciano más o menos tanguero, las plazas y los parques constituyen el mejor lugar para apreciar el paso lento de las estaciones dentro de la metrópoli. Es cierto que los edificios infinitos que hay en Buenos Aires no son agradecidos con las lluvias, después de todo el hormigón no crece gracias a ellas, pero, para las washingtonias, árboles de quince metros de altura que abundan en las plazas y en los parques, es fundamental alimentarse con el agua que provocará los brotes de agosto o septiembre. Algo similar sucederá con las flores amarillas de las tipas que asoman entre octubre y diciembre, con las flores tan perfumadas y lenitivas de los tilos que se pueden disfrutar entre enero y abril, con las flores blancas de las sóforas que aparecen entre enero y marzo y fructifican hasta fines de mayo, con hojas que seducen los paisajes desde septiembre hasta junio. De esas mismas hojas se obtiene un colorante amarillo que se utiliza para teñir tejidos: en China -dato curioso- se manipulaba y se utilizaba con la seda que cubría a los mandarines, y en Japón para la que abrigaba al emperador. Pero volvamos a Buenos Aires para ver la omnipresencia de los plátanos en calles, parques y plazas, figuritas encantadoras y repetidas que florecen en agosto y poseen hojas hasta junio, un ciclo vital resistente al frío y las heladas que se puede observar casi todo el año. Y volvamos para ver también al Pindó (syagrus romanzoffiana) que florece casi con orgasmos durante el verano y fructifica, ya satisfecho, durante el otoño. Otro dato curioso para aportar aquí es que las hojas de estos árboles se pueden usar como infusión para espantar los malos rollos o evitar la calvicie.
Placeres accesibles para la vista y el cuerpo – como las esculturas, las fuentes y los bancos gigantes de madera- se encuentran muy cerca, al costado del Museo de Bellas Artes. Lujo, placer, accesibilidad que nos permite participar en el desplazamiento de esos botes añejos sobre el lago del Rosedal, o de los atardeceres anaranjados sobre el Río de la Plata que se producen en los márgenes del Parque de la Memoria, o de la contemplación exhaustiva de esa escultura que evoca, otra vez, a uno de los tantos gordos monotemáticos de Botero, allí, donde antes se encontraba el Ital Park. Y también podemos acceder del mismo modo a los senderos elegantes y borgeanos que serpentean dentro la fastuosa Plaza San Martín, a los laberintos leves del Museo Larreta, a la pérgola dedicada al dos por cuatro dominguero y for export de las Barrancas de Belgrano, a los ecos que se producen las noches suaves de primavera en el remozado Patio Andaluz, al parque con tantos patos y un solo lago que envuelve al Planetario, a la prolijidad y la pulcritud casi obsesiva que nos brinda la ahora enrejada Plaza Alemania, a las cada vez más cosmopólitas placitas del Soho, a todos los jardines flamantes con nombres de damas conspicuas que hay en Puerto Madero.
Habrán notado, lectoras, lectores, que en esta primera entrega se mencionaron los espacios verdes de las zonas más turísticas de la Capital. En el próximo número iniciaremos el recorrido desde la Plaza de Mayo, la más antigua de todas, y veremos otra cara de Buenos Aires, una zona un tanto postergada por gobernantes en pugna perenne. Parques y plazas de los barrios del sur que los extranjeros apenas conocen pero que a nosotros, los porteños y los que se sienten porteños, nos dan esa impronta tan nuestra, afuera y adentro, del arrabal.
© Nicolás García Sáez
Revista ¨Bamboo¨ / Año 2013
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