Partículas

En invierno los céfiros pintan más chúcaros, supongo que gracias a las bajas temperaturas que no son adeptas a las caricias de Eolo. Una cosa es cuando, en medio de una lectura matinal, el viento mansísimo ilumina la partícula de algo, una epifanía apresurada que surfea sobre el ladrido bobo de un perro vecino. Pero siempre está la antesala o telón de fondo gélido, que tirita incluso con Febo y su primer esplendor.

No suelo ser friolento, todo lo contrario, así las cosas me resulta agradable el ritual del encendido: papel, cartón, ramitas juntadas a la vera del río, leña chica y mediana, carpita y un fósforo. Ya está. Podés ver el mundo en el bamboleo de fuego o simplemente frotar las manos para entrar en calor. Afuera, la vista, el olfato, merodean el espacio. Adentro, el cuerpo emprende el viaje de la temperatura ideal. Todo es un puente soñoliento. ¿Adónde duermen los estridulares? ¿En qué lugar se acurrucan los colibríes? ¿Por qué las hormigas aparecen mucho más silenciosas? Un poco más acá hay brotes muy tenues, casi imperceptibles, hojas que resisten.

Siempre hay portales, horizontes que suelen abrirse con entusiasmo espartano. Y no es por falta de ganas, sino, más bien, por respeto a la idea de transitar todas las instancias de la delicadeza. Los premios suelen ser abundantes, pero quedarse en esos peajes puede resultar tan arduo como efímero. ¿Alguna solución? Los céfiros del amanecer brindan el principio de algunas respuestas.

Texto y pintura: © Nicolás García Sáez