Peperina

*Imagino una figura etérea y sutil como la niebla, parpadeando su anatomía entre claroscuros. La veo olisqueando la peperina entre los montes de Ongamira , en el cursito del arroyo cercano a Ischilin o a orillas del río Calabalumba.

* Sale de paseo como una abeja que habita una estrella, pero lo cierto es que parte de su alma titila  en sintonía con la ciudad de los Erks, allí, bajo o alrededor del Uritorco. Lugar con fama de misterioso y algunos testimonios que vuelven a subrayar lo mismo: hay vida más allá de lo que vemos, tanta como la que habita en lo que sentimos y percibimos, lo que intuimos.

*El río Peral, vamos a llamarlo así, es una vena amable del dique, todo se respira, tantas veces, como en las tierras de su hermana patagónica. San Jerónimo es una delicia sin gente, casi un milagro, el presente no se contempla en cómodas cuotas que viajan al pasado o al futuro para, por lo general, perder ese poquito de tiempo. Allí se pueden  detener los pensamientos junto a la copa de los álamos plateados o frente al precipicio y el oleaje leve del agua acumulada después de algunas lluvias.

*¿Caciques de estirpe comechingona se habrán desplazado desde sus labios casi homónimos de Bialet Massé, hasta Los Terrones? Quién sabe. Más tarde o más temprano, algún mochilero recorrió las orillas, intentando detectar los cucumelos en la bosta del cebú, algún gringo piamontés recorrió el Quilpo, buscando piedras con forma de jote.

 

© Nicolás García Sáez