¿Por qué a tanta gente le cuesta disculparse? ¿Por qué tantos seres humanos, tantas humanas, prefieren regodearse -y así, tal vez, estancarse- en un orgullo de color infantil, en una terquedad férrea que, al fin y al cabo, solo sirve para semejarse cada vez más a un hámster dando vueltas en una ruedita con destino hacia la nada?
Tanta información circulando (en las redes sociales, en los medios de comunicación y de desinformación masiva, etcétera) nos habla una y otra vez de formatos que enquistan a un gran porcentaje de la población mundial: gente dormida, se les dice, ultra apegados a la materia, aunque vayan ataviados como jipis tardíos del fin del mundo, personas que tal vez nunca despierten, que tal vez nunca acaricien el principio del ápice de la empatía, por más que, para comenzar a lograrlo, se tiren en parapente para conversar con las nubes o se peguen de vez en cuando un saque de ayahuasca, con ícaros y vómitos incluidos. A la vuelta de esos viajecitos, pues si, seguirán siendo iguales, o peores, con mucha suerte un poco más hábiles.
Si equis persona (es un decir) traicionó, mintió, intoxicó, intentó manipular, boicoteó, dilató, ilusionó en vano, desilusionó, tuvo una doble e incluso una triple vida, quiso romper ese corazón dispuesto, comportándose como o, ya de plano, siendo un/a narcisista grandioso/a y/o encubierto/a, aplicando las tan tristemente en boga y bastante obvias tácticas/técnicas del manual de manipulación posmoderna (victimización, ley de silencio y de hielo, triangulaciones, gaslighting)…y así las cosas. La pregunta es la siguiente: ¿correspondería que las disculpas sean timoratas y apenas audibles, casi un chiste, como la de esos pájaros que permanecen encerrados en sus jaulas mentales, o alcanzarán las alturas excelsas de los que buscan y encuentran y vuelan, aún, con más fuerza?
Cocinó, tergiversó, buscó conflictos donde no existían, desequilibró, quiso marear con migajas, la pifió y se le quemó todo (esto es una metáfora, en la realidad, signifique lo que esto signifique, tal vez sea un/a chef maravilloso/a), el cordero se comió a su propio lobo y viceversa. ¿La zanahoria se la zampa el burro o se mastica a ella misma? En el llano, avanzan los robots.
Revisadas en profundidad las proyecciones esenciales, también las más sofisticadas, puede afirmarse que pocas cosas en esta vida son tan liberadoras, reconfortantes y saludables como una disculpa sincera. Siempre hay un antes y un después de ese acontecimiento egregio y, en el durante, un céfiro diáfano parece equilibrar, renovar y purificar todo alrededor, para luego sostener esa sensación de por vida, sin exagerar.
¿Habrá o habrán pensado que eran “diferentes” porque pisaban con las plantas de sus pies los frutos descuidados de su propia huerta? ¿Y esa estructura emocional tan cuadrada, contradiciéndolo todo? ¿No habrá querido sanar las heridas de abandono? ¿Las cosas se solucionan practicando la telepatía o con señales confusas y turbias de humo lento? ¿No sabrá cómo salir de la frustración que produce la propia cobardía? Ya se ha dicho y se está diciendo que hay una palabra mágica que te puede emancipar de una vez por todas de esos mambos chungos deprimentes.
Una tortuga renga tiene un deja vú, el cangrejo da un paso adelante, dos para atrás, hay procesos que no progresan. A priori, como ejercicio, podrás acercarte al abismo, de allí avanzar hacia tu propio espejo y empezar a practicar esa palabra. Una vez que esa sombra gigantesca sea reintegrada a tu esencia, tendrás la inmensa oportunidad de hacerte cargo, sentir orgullo noble, verdadero, cuando des el paso valiente y luego des la cara, mires a los ojos y, por fin, te animes a pedir perdón.
Tal vez te sorprendas con los resultados
© Nicolás García Sáez