Hay que tenerlas bien puestas para tomar la decisión de desafiar al legendario Camino. O muchas ganas de hacer ejercicio. O un grado de inconsciencia muy grande. Y no es mera presunción, sino la certeza de comparar en el recuerdo a ese gran acto de fé con el veredicto de quien decida no bajarse del tren proveniente de la coqueta ciudad de Cuzco, en el ya famoso kilómetro 88 de la localidad de Cori-huayra-china. Estos últimos, que en este caso serán los primeros en llegar, seguirán sentados tranquilamente hasta la localidad peruana de Aguas Calientes. Y es probable que, más tarde, acompañen a un simpático tour de jubilados sajones que accederán, limpitos y descansados, dentro de un bus, al Gran Coloso. Es respetable y entendible la opción más cómoda, tal vez uno esté apurado y cuente con pocos días en su agitada agenda, tal vez no se sienta atraído por uno de los mayores íconos en el mundo del “turismo de aventura”. Pero quien elija transitar la opción más difícil, cargando durante cuatro días con una mochila inmensa ( la carpa pertinente, calentadores y ollas aptas para preparar todo un surtido de sopas horribles e instantáneas) tendrá que saber que el esfuerzo físico durante la travesía será inmenso, incalculable y la recompensa, al final del camino, cien, o mil veces más grande.
Lluvia, ese es su apodo, se presenta ante los que bajamos del tren para indicar la entrada al Camino. El hombre es bajo, robusto y lleva un jogging de colores fluo bastante feo. Aunque varios de los presentes le hablemos en castellano, él insiste en responder con un inglés aceptable. Puede que tengamos pinta de gringos, pero la camiseta de Boca tendría que funcionar como instrumento sutil de delación, un destello dando brazadas para llegar a su apogeo azul y oro. Pero no. Mientras Lluvia se embala, habla de leyendas y no le pone acento a los diptongos, me distraigo para acordarme del lago mágico rodeando la Isla del Sol. Suspiro. Vuelvo a la atención colectiva para escuchar que El Camino del Inca fue la principal ruta de acceso al Coloso, en el siglo quince, con gente que se desplazaba por allí, entre bajadas y subidas, cargando piedras gigantescas. Piedras que luego ayudarían a conformar a la que, cinco años atrás, en el 2007, fue declarada como “ Nueva Maravilla del Mundo”. No nos cabe otra más que sentir un profundo respeto, por la Historia y por el presente. Lo confirmamos mientras atravesamos un puente colgante de madera. Y lo reafirmamos observando para abajo el caudaloso río Urubamba, que se encuentra a 2750 metros de altura de nuestros pies.
Comenzamos el ascenso mientras nos emborrachamos con la novedad del paisaje, que es envuelto por el aroma de un bosque de eucaliptos. El cuerpo nada como un pez en el agua y agradece haber dejado a un lado la marihuana, como ofrenda a esta ocasión. Se sorprende luego de una intensa caminata en la que el tiempo relega su existencia a uno de los bolsillos laterales. Mientras el reloj descansa en la mochila, somos varios los que quedamos embobados con Llactapata, ruinas construídas por los incas con fines agrícolas. “Y esto es solo un anticipo”, dice Lluvia, ahora en castellano. Miradas cómplices. La tierra es húmeda y tiene huellas frescas. Hay sonidos extraños, pero no tanto como para olvidarse que, en el llano, uno también escucha los ecos (que también son los suyos) de Latinoamérica. Más tarde nos encontramos en un refugio de piedra, tomando mate y preparando una sopa que lleva caldo compacto de verduras, arroz basmati y choclo desgranado con crema, enlatado, marca peruana. Para beber un vino boliviano, cultivado a 2000 metros sobre el nivel del mar. De postre chocolate en barra y hojas de coca. Pensé que iba a ser peor, pero la cena no está tan mal.
Al amanecer, la mitad del grupo ya había emprendido la marcha, la otra mitad dormía. Yo estaba con la segunda mitad. Al despertar seguimos con los mates y unas galletas con copos de maíz, también bolivianas. Me tiento con el tiempo y calculo que nos habrá llevado alrededor de una hora descubrir el pueblo fantasma de Huayllabamba. En el río Cusichaca, mientras cargábamos agua de vertiente en botellas y cantimploras, vimos una nube demasiado cargada. Lluvia desanduvo esa parte del camino y fue en busca de nuevos pasajeros. Me hubiese gustado preguntarle más cosas sobre Huayllabamba, pero tuve que conformarme con mi propia interpretación sobre lo que había visto allí dentro: el aliento fresco de una nube cristalina y solidificada junto al sonido del río, haciendo tandem con un paraje solitario y fértil, oscuro. Colibríes, que para mí siempre fueron centro de atención, sumado al murmullo de gente conversando mientras todos los mochileros estábamos callados. Puede que la fugaz reincidencia sobre las flores ayudase a cultivar ese efecto, pero lo cierto es que más tarde nos deslizábamos cuesta arriba para meternos, allí dejé de calcular, dentro de una maleza cerrada, una cueva natural extraordinaria hecha de troncos, ramas, hojas, sombras irregulares con trozos de sol y un coro de pájaros que me recordaron a Vivaldi. No me pregunten cómo pero llegamos por fin a Piedras Blancas, el primer campamento ubicado a 4000 metros de altura sobre el nivel del mar.
Durante el ascenso es habitual que se formen cofradías instantáneas, que se disolverán para siempre a las pocas horas. Cada uno lleva su ritmo y los estados físicos ( podríamos agregar anímicos) de los caminantes y las caminantas difieren en velocidad y resistencia. Hay quien se distrae entre silbidos, orquídeas y pájaros multicolores que parecen disparados por la pluma afiebrada de Miyazaki y, entre el ensueño, es rescatado por una mano gentil de caer en uno de los tantos precipicios que abundan en el trayecto. El fondo del abismo se vislumbra lejano, ergo, es recomendable llevar el calzado que exige la ocasión, víveres, linternas, elementos de primeros auxilios. Pero, para evitar el mal trago, es mucho más recomendable prestar atención y hacer este trayecto bien descansado. Se recomienda, eso si, una dieta que consiste en un desayuno liviano (café, semillas, cereales y alguna fruta rica en calorías) ya que esa parte también es la más dificil del legendario Camino. Mientras uno sube es ideal recuperar la energía con chocolate, hojas de coca y agua, combustible necesario para llegar a una de las cimas del mundo, acampar, soñar con lo vivido y despertar arriba de las nubes, bajo un cielo azul y fresco, infinito y diáfano. Se me acelera el pulso, trago saliva cada vez que recuerdo ese momento.
El día más esperado, hecho carne en un cúmulo de ansiedades variopintas, hay razones para que aparezcan. No es poca cosa lo que nos espera. Son demasiados siglos de historia reunidos en un futuro cada vez más cercano, el premio mayor del Camino. Durante este cuarto y último día El Coloso nos sigue mostrando sus ofrendas. Al alba, en pleno descenso eufórico, nos tropezamos con una maravilla de suelo arquitectónico: adoquines perfectamente encajados y distribuidos allí desde hace más de quinientos años. El cielo se presenta nublado, el ambiente húmedo, casi caluroso. Hay aromas de perfumes que no distingo, estamos todos en otro planeta. ¿Dios existe? Pienso en Maradona, pero algo me dice que ese no es el momento adecuado. Pienso en Buda, en Jesús, en Inti-Sol y la fé de todos los incas. Poco tiempo después llego con mis compañeros de viaje a las ruinas de Sayacmarca y Phuyupatomarca. Allí se encuentran los baños ceremoniales, el agua sagrada de los incas que simbolizaba a los dioses junto al sol, la luna y las montañas. Es demasiado, pero aún asi encontramos la última sorpresa antes de llegar : un tunel incaico que conduce a un centenar de escalones antiquísimos colocados en contrapendiente. Se me acelera el pulso y la respiración al recordar los últimos escalones, el cansancio feliz a más de 2400 metros sobre el mar, una revelación que se prolongó lo suficiente como para darnos cuenta que, por fin, nos encontrábamos frente al Coloso traducido en ellas, las monumentales ruinas de Machu Picchu.*
© Nicolás García Sáez*
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