*No es cara, tampoco es barata, pero es fundamental y muy poderosa.
*Pobres los atavismos colgados del paladar más resignado, aquel que digiere un pancho con sobredosis de cocción o un corazoncito con gusto a mandarina artificial y light. Y ojo que, en su momento, yo fui un devoto de regalar mini corazones envueltos en un packaging bastante aceptable. Pero hoy, en muchos casos, queda mejor agasajar con un brócoli antes que con una rosa de plástico.
*Pobres nuestros atavismos acostumbrados al zarandeo de la muzza con fresco y membrillo envuelto en un código de barras, todo tan porteño. Por supuesto me relamo recordando, no hace tanto, el desfile de porciones de vermichelis con pesto y el tuco sin carne, la cereza en Cadore y el cafecito en Los Galgos, pero, amigos, amigas, ¿ qué sucede cuando cruzamos esas líneas y nos dirigimos sin atenuantes al delivery de las 4 am? Todo tiene un límite.
*Luego de un enésimo intento de prolongar el ayuno intermitente (funciona), me lanzo famélico dentro de un plato de quínoa. No puedo explicarles mi sorpresa al comprobar que es superior (en sabor y en textura) al- hasta hoy- insuperable cuscús. Probé la quínoa muchas veces, pero esta vez me esforcé un poquito en darle un sabor aún más agradable, más consistente. No me ruborizo al decir que lo logré. El agregado exacto de cúrcuma y curry, más unas gotas de aceite de oliva y sal marina, provocaron en todo mi organismo (me atrevo a decir espíritu) un revuelo energético que casi me hace elongar de más. Comparto esta receta con el universo de los avispados.
*El mero hecho de leerlas te dan ganas de ir corriendo al río en este casi invierno, arrojarte, nadar. Que lindo, que bien que suena ¨potasio¨ y ¨fósforo¨ y ¨calcio¨ y ¨magnesio con zinc¨, la preposición la agrego yo, como quien agrega masala, obsequio de almas gentiles que comulgan con el ayurveda. La quínoa (más económica que media docena de panchos) las contiene y retiene, hasta que ingresan en nuestro firmamento. Sugerencias. Y buen provecho.
© Nicolás García Sáez