Con una cuota de sorpresa amigos y conocidos me preguntan siempre porqué me gusta tanto la ciudad de Quito, capital de Ecuador. Con el paso del tiempo he aprendido a sopesar, por medio de la empatía con algunos camaradas que produce el millaje acumulado, ciertas reacciones que muy probablemente deriven de la comparación con ciudades del autodenominado “primer mundo”. La metrópoli ecuatoriana, me dicen, no es Londres, no es Toronto, no es Berlín ni Nueva York, eso está muy claro. Quito, en varios aspectos, les digo yo, es muchísimo mejor, superior. Y aprovecharemos, ya que estamos, este último adjetivo para hablar de la altura en esta mítica ciudad.
Publicaciones internacionales que hacen apología del turismo más waw han elevado a Quito a un pedestal de visita obligatoria, uno de esos cincuenta o cien lugares que hay que conocer antes de estirar la pata, previo paso para acceder al otro barrio. Y uno de los atractivos que embelesa al gringo contemporáneo, aunque suene extraño, es el cambio permanente que hay en las temperaturas. Pero yo no soy gringo, pensará usted, con justa razón. Es cierto, disculpe mi atrevimiento, el mismo que también le aconseja que venga a este lugar y sienta todo el arrebato de la zona ecuatorial, una zona que parte al mundo en dos y abriga a la Hoya de Guayllabamba, con vista a los volcanes activos de Pichincha, Cotopaxi y a la parte occidental de la Cordillera de los Andes.
El Casco Histórico es la primera visita obligatoria. La mejor excusa que puedo dar para que este lugar amerite un largo y reposado paseo es que es el más grande, el menos alterado y el mejor preservado de toda nuestra América. Los orígenes de Quito, antes de la invasión sangrienta y española, se remontan al 10.300 antes de Cristo. Declarada por la UNESCO (junto a la polaca Cracovia) como la primera urbe que lleva el título de Patrimonio Cultural de la Humanidad, allí, a 2800 metros de altura sobre el nivel del mar, desde que amanece y hasta el atardecer puede percibirse un clima caluroso, o tibio, o fresco tirando a templado, o solamente templado, y otra vez caluroso, o muy caluroso, o puede llover en una punta de la ciudad y en la otra reinará con toda su prestancia el sol . No hay muchas reglas al respecto con este esquizoclima tan encantador. La noche suele ser más coherente, obligando al abrigo, con sus temperaturas frías o muy frías. Podemos concluir con esto que la ciudad es ideal para probarse lo más selecto de las cuatro estaciones que albergan nuestros guardarropas. Raro es que Quito aún no sea una de las grandes capitales en el mundo de la moda.
Es muy probable que, mientras deambulemos por La Mariscal, nos invadan ruidos extraños, intensos, murmullos de pueblo ajetreado, risas de turistas teutones beodos y hedonistas, el claxon de algún vehículo destartalado, una gama sensual de sabores y aromas que desprenden las calles peatonales en donde abundan los bares, discotecas, los restaurantes con opciones culinarias variopintas entre las que destacan la cubana, la mexicana, la argentina, el fast food y, claro, la cocina local. Suspiro intenso y profundo al recordar el ceviche de camarón, las papas con cuero, el mote con chicharrón, los mismos que se pueden conseguir a mejor precio en el entrañable Mercado de Iñaquito. Aquí, en La Mariscal, también podrá abanicarse con el perfume más urgente del underground ecuatoriano, o con escenografías que despliegan el espíritu tradicional de la ciudad. Antigua zona roja que aún sigue siendo candente, más recatada y adaptada a los tiempos que corren, se concentran entre sus arterias actores profesionales o aficionados y cantantes despachando melodías de salsa, merengue o ska ; gran cantidad de hostales, hoteles, agencias de viaje, tiendas de ropa, artesanías y souvenirs. Se dice por todos lados que las ciudades del mundo cada vez se parecen más entre ellas. Coincido parcialmente. La Mariscal es uno de los grandes sellos de Quito, que a su vez es uno de los grandes sellos de Ecuador, que a su vez tiene a La Mariscal como botón de muestra y fiel representante de su cultura, algo típico que nos muestra, más allá de la mera cuestión estética, a ese continente amable, caliente y descomunal que siempre es Latinoamérica.
En Quito se pueden visitar catedrales ( siempre magnánimas, como en casi todos lados) parques y museos. O, si hay suerte, escuchar a alguna banda de peso super pesado internacional. Por aquí anduvieron haciendo de las suyas, entre otros, Iron Maiden, Ozzy Osbourne, Aerosmith. También algunos más blandengues y empalagosos, aunque igual de convocantes, como Shakira, Ricky Martin y los pelilargos de Maná. Pero si hay un paseo ineludible para el turista de paso o el viajero empedernido es el que ofrece el teleférico. Los valientes llegarán hasta la falda del Ruccu Pichincha, a 2900 metros de altura, y se desplazarán por el aire subidos a estos transportes que funcionan por medio del principio del vaivén. Es el mejor lugar para apreciar la hoya cubierta por la ciudad, la cordillera nevada, ver desde el teleférico el flanco oriental del volcán Pichincha y continuar el trayecto hasta llegar a una altura de 4.100 metros sobre el nivel del mar. Desde la plataforma, allí, aspirando el aire puro, frío, diáfano y perfecto, si el día pinta despejado se pueden observar catorce volcanes y picos de montañas alrededor de Quito, espectáculo muy difícil de apreciar (y superar) en ciudades del “primer mundo” como Londres, Toronto, Berlín o Nueva York.
© Nicolás García Sáez* / Diario ¨La Portada¨ / *Editor del suplemento de viajes, turismo y cultura*
Año 2014 / Quito / Ecuador
Ejemplar impreso a disposición del/la interesado/a