Talampaya, un rastafari famélico y un dinosaurio argentino

“¡Argentina!”, gritamos, luego de la indicación de una guía entusiasta, los ocho o nueve que allí nos habíamos reunido. Aquella palabra tan amplia y significativa rebotó concluyente y polifónica por las paredes prehistóricas, se extendió en el aire y nos devolvió un par de ecos rotundos que provocaron algunos carcajeos. Embalada por el acontecimiento, una pareja de tucumanos gritó: “¡La Rioja!”, sonidos que también rebotaron como un estéreo perezoso que se fue diluyendo segundos más tarde. Otro festejo. A continuación, un mochilero muy delgado y con rastas aulló: “¡Hamburguesa!”, pero esta vez nadie dijo nada. Para ese entonces ya habíamos entendido el juego. La guía consintió acostumbrada; aquel griterío espontáneo formaba parte de su trabajo, un acto que, como el eco, se instalaba gratamente en su rutina luego de repetirse varias veces al día.

El lugar en cuestión, o de reunión, fue tallado por el viento y las lluvias durante millones de años y es conocido como “La Chimenea”, una hendidura vertical de 150 metros de altura ( in situ parecen muchos más) con forma irregular, cilíndrica, de tonalidades rojizas que, luego de los ecos, invitan, como mínimo, a plasmarlas en un lienzo. Algunos metros atrás quedaron el Jardín Botánico, casi un eufemismo para denominar a un bosquecillo de chañares o algarrobos que contrasta con la aridez del paisaje, y los petroglifos, cincelados con punta y martillo por las culturas precolombinas de la ciénaga y diaguita, que habitaron allí entre los años 120 y 1180, luego de Cristo. Predominan en las paredes del Parque Nacional Talampaya las figuras de animales como el puma o el guanaco, o alusiones a la superstición o a la deformidad con pies y manos de seis dedos. También se pueden ver morteros cavados entre las piedras. Las figuras asombran a cualquier visitante con sensibilidad e imaginación para transportarse al pasado. Asombran también las geoformas. Nos desplazamos para verlas hacia el interior del cañón en unas camionetas que se sacuden entre las piedras, dispersas sobre un camino árido que antes era un río. A uno y otro lado van desfilando los paredones monumentales de la prehistoria que le dan fama al lugar. Nos detenemos primero para contemplar la formación rocosa conocida como “Los Reyes Magos”, despejando alguna que otra suspicacia inevitable que se presenta durante la observación, podemos afirmar que las figuras nos remiten a aquellos titanes desprendidos de la infancia, los mismos que supuestamente nos dejaban ofrendas nocturnas dentro de nuestros calzaditos. Lo mismo sucede con “La Catedral” y “El Monje”, otras formaciones reconocibles del parque. Las piedras, moles irregulares que se alzan como centinelas del tiempo, son impresionantes, llama la atención la nomenclatura elegida para designarlas, la gran mayoría de índole religiosa. A medida que avanzamos en el recorrido, nos enteramos que Talampaya, ubicado en el centro oeste de la provincia de La Rioja, con una extensión de 215.000 hectáreas, fue declarado Patrimonio de la Humanidad con el objetivo de proteger importantísimos yacimientos arqueológicos y paleontológicos. Este Parque Nacional comparte junto al Valle de la Luna (próximo destino de este mismo viaje) la cuenca geográfica Triásica, considerada por científicos del mundo entero como uno de los paraísos de la paleontología.

Las temperaturas en Talampaya son extremas. Superan los 50 grados durante algunos días de verano y llegan a varios grados bajo cero durante las noches de invierno. Por eso, es meritorio el constante deambular de las liebres, las vicuñas, la calandria mora, las chuñas de patas negras, los guanacos, los ñandúes y el chinchillón. Y también: los pichiciegos, los armadillos, el cachalote pardo o el suri cordillerano. Y allí arriba, en el cielo cambiante, desplegando con paciencia sus alas rapaces, el cóndor andino, el águila mora, el halcón peregrino. La flora del parque sobrevive gracias a las lluvias o a los pequeños cursos de aguas cristalinas provenientes de vertientes o deshielos que permiten el nacimiento de las jarillas, varios tipos de cactáceas como puquis y cardones, tuscas, retamos y algarrobos, entre otros. La observación de la flora y la fauna puede convertirse en un pasatiempo interesante. Imaginar al pequeño Lagosuchus Talampayensis (que es ni más ni menos que uno de los primeros dinosaurios que habitaron nuestro planeta, encontrado en este parque en 1971) deambulando entre la vegetación, puede convertirse también en otro devaneo, pero extraordinario.

© Nicolás García Sáez* / Diario ¨La Portada¨ / *Editor del suplemento de viajes, turismo y cultura*

Año 2013 / Talampaya

Ejemplar impreso a disposición del/la interesado/a