Cuenta la historia que, a principios del siglo pasado, un poderoso hombre de negocios de la costa oeste de los Estados Unidos, Abbot Kinney, tuvo la feliz idea de llevar en uno de sus frecuentes viajes alrededor de Europa a su pequeña hija, Melanie. Así, recorrieron juntos, entre regalos y sonrisas, las principales capitales y ciudades del Viejo Continente, hasta recalar en la legendaria ciudad de puentes de piedra y calles de agua: Venecia. Fueron tales el impacto, la emoción y el deslumbramiento de la niña con respecto a la mítica ciudad italiana, que no había manera de convencerla de regresar a su hogar, en los Estados Unidos. Un torrente de lágrimas caprichosas acongojaban y preocupaban a mister Kinney, quien debía regresar a Norteamérica para atender sus negocios. Hombre de ideas y recursos, al fin de cuentas, al ver que el llanto de su hija no cesaba, prometió construirle una ciudad como aquella que tanto la había impresionado. Las lágrimas cesaron.
Promesa cumplida, una Venecia en miniatura comenzó a edificarse en 1900: un ejército de hombres trabajaba y construía, piedra sobre piedra, el sueño de la pequeña niña que ,atenta, observaba la construcción de su paraíso. Costosas góndolas y afinados gondoleros fueron traídos especialmente desde el Adriático para inaugurar -en una de las ciudades más importantes del mundo, Los Ángeles- lo que con el tiempo se fue convirtiendo en uno de los principales atractivos turísticos de la gran metrópoli californiana: Venice Beach.
El gran desfile
Venice Beach 7 a.m. Es mi segunda visita como cronista a este lugar, en el lapso o paréntesis de diez años. Amanece tranquilo y sereno en este dorado rincón del planeta: momento ideal para empezar a recorrer sus decenas de calles y miles de palmeras, sus generosas playas, dejarse acariciar por un sol rutilante que por estos pagos cobra fama de imprescindible y, luego, detenerse a escuchar, para aprender de memoria las partituras que regala el océano Pacífico. Es la hora de un buen desayuno, tan completo, tan americano como solo ellos lo saben hacer: huevos revueltos, crujiente panceta (la evito), yogures varios, interminables jarras con café (no demasiado bueno, por cierto), jugos de naranjas y pomelos californianos…
Lenta, perezosamente, comienza a levantarse un discreto telón: gaviotas inmensas y bien alimentadas que planean sobre la placidez del trotecito de dos octogenarios de pelo largo, plateado y lacio, portando colita de caballo. También, un mimo enfundado en un traje de rombos azules, un italiano que abre las puertas a abre las puertas a un paraíso de pizzas turbias y tibias.
Casi las once y media de la mañana en Venice, el mejor momento para saborear puertas, paredes multicolores, con dibujos psicodélicos, descascarados, testigos de los revoltosos años sesenta que tuvieron a este condado como uno de los principales y genuinos promotores del Flower Power. Muchos de sus hijos, auténticos hippies, viven por ésta y otras zonas aledañas y se ganan el pan en las soleadas playas de Venice. Ofrecen sus dibujos, pinturas y esculturas, su música, su historia y artesanías. Mal no les va.
Ya es mediodía y son varios miles de personas que deambulan por este epicentro del show callejero: observo a una dama transportando un carrito lleno de bártulos, saluda al viento, luce peluca roja, traje de baño plateado, gafas a-go-gó. Veo hombres de negro riguroso y maletín. Un titiritero todo tatuado, vestido de diablo, con su chirolita imitándole el atuendo. Masajistas, patinadores, malabaristas, trapecistas, arlequines y bufones, bateristas, saxofonistas, saltimbanquis y payasos. Turistas venidos desde los cuatro puntos cardinales: teutones, sajones y bretones. Están los que vinieron de Oceanía que se cruzan con los visitantes de Medio Oriente. Hay mexicanos, brasileños, argentinos…
Imperio del celuloide
Venice es el lugar ideal para la práctica de todo tipo de deportes. Tiene famosos gimnasios al aire libre y a metros del mar, en donde mujeres esculturales y émulos de Hércules sacan chispas a sus cuerpos bronceados. Un hombre vestido de blanco con blanco turbante, que ya es leyenda en estas playas y a quien le había prestado mi esmera atención durante mi visita pasada, viene patinando, cantando y tocando su guitarra desde hace más de treinta años. Un clásico. Se pasean también surfers intrépidos parafinados, centenares de ciclistas, las horas de la tarde que se van gastando.
Morrison, Lennon y Bradbury
Venice fue y es uno de los lugares más concurridos por los famosos del mundo. Aquí fue descubierto Jim Morrison, el mítico barítono de los Doors. John Lennon fue otro de los visitantes ilustres, que pasaba por aquí varias temporadas de juerga con sus amigotes, cuando las cosas con Yoko no andaban bien. Charles Bucowski, el gran poeta de Los Angeles, venía de copas con Mickey Rourke, alter ego en Barfly, la película que se hizo sobre la vida del primero. Ray Bradbury se pasea de noche por sus calles buscando inspiración para sus historias de ficción.
Estrellas de cine que brillan en el firmamento y estrellados que siguen intentándolo, ídolos de la canción, directores de cine, productores, escritores, guionistas…todos en algún momento del día se dan una vuelta por Venice. El motivo: un trago, una reunión de negocios, un chapuzón en el Pacífico o ver ese sol increíble y naranja que se despide en la línea infinita del mar.
Aparece prepotente la luna, que se lleva muy bien con las olas que rompen en la orilla de la noche. Ahora si, el viejo mito de la California somnolienta parece decir presente. Quedan en la arena solitarios recién llegados de la India, que comienzan su rutina diaria de mantras y meditación. Infatigables perros trotan lengua afuera con sus atléticos dueños y parejas de tórtolos con sus dedos enamorados dibujan dioses en un cielo de estrellas. Los viejos lobos de mar, los de siempre, se reúnen en cálido fogón, cantan esas viejas canciones que dieron la vuelta al mundo entero y que, según pasan los años, cada día se cantan mejor.
© Nicolás García Sáez / Texto y fotos
Los Ángeles
Crónica publicada como tapa y nota de doble página central en el suplemento de viajes y turismo del diario “La Capital”, de la ciudad de Rosario, Argentina. Este diario fue fundado en 1867 y es el periódico más antiguo del país, todavía en circulación, por lo que ha ganado el título de “Decano de la Prensa Argentina”
