El sannyasin escupió el cuello de la jirafa que no quiso masticar. Ella, trémula pero impetuosa, luego de sendos intentos de acrobacia etérea, también profirió un agradecimiento con acento tartamudo de Tombucú, ciudad siempre reconocida por las luminarias de su época. Mientras tanto, moscardones iban y venían, boyando entre lo molesto y lo dudosamente divino. No sabían si arder en la ignorancia de lo que les provocaba el movimiento de cada mancha escurridiza, vectores que eran como islas conformando un archipiélago comunitario, o zambullirse directamente en la manzana que el asceta imperturbable había decidido confrontar con su extenso y enésimo ayuno. La jirafa patinaba con gracia, tropezando con las imágenes que aparecían entre los iones zarandeados por las energías circundantes. El ambiente, más allá del oxímoron, era intenso en aquel rincón oscuro y luminoso de la India.
Relato y boceto: © Nicolás García Sáez


