Alimentos para el radar

Mi gata sale del fuego para tenderse sobre la sombra. Abro la puerta y se lanza rauda hacia el frescor. Se estira, lame su cuerpo pequeño y parece una contorsionista. Ya ni siquiera me pide permiso para ingresar al hogar. Presto atención al momento, suficiente para comenzar a desmenuzar un acto cotidiano que a menudo sigue de largo. Elijo plasmar y presenciar este fragmentito tan interesante de mi vida, en lugar de  regalárselo al olvido, al túnel del tiempo.

Mi mente y su vaivén que va para el pasado, vuela hacia el futuro, se da la mano (dos segundos) con el presente y vuelve a irse hacia algo que sucedió mientras aún no está sucediendo. Lacán, chocho. Enciendo mi radar. ¿Por qué me cuesta tanto permanecer en este mismo presente? Me hago cargo de mi disciplina auditiva (escuchar a los zorzales, luego de una lluvia y el crescendo de los ladridos entre la niebla, por ejemplo), también soy responsable del hábito meditativo (guiado, con tendencia académica y de periplos inminentes o a pelo, como corra el viento y el sonido de mi respiración), pero, por enésima vez, vuelvo a intuir y a entender que hay mundos y universos adelantando o acompañando todo esto.

Recuerdo mi vida de free lance, mientras vivía unos meses en París, haciendo fotos y preparando crónicas para diferentes líneas aéreas y medios gráficos. Uno de esos días fui de visita a La Geode y allí había algo así como un ladrillo virtual. Si uno fijaba la vista sobre el objeto etéreo (¿oxímoron?) , iba ingresando en un viaje de capas y más capas que invitaban al infinito, un interior, dentro de ese ladrillo, que nunca acababa. Lo curioso, además, fue la sensación de estar inmerso y sereno en una dinámica que se sostenía y luego se extendía sobre una propuesta muy similar a la que planteaba el objeto visitado.

A mí no me hablen de chocolates suizos cultivados en los Alpes Premium, ni del champagne que se podría beber en la región homónima. Puedo confesar, sin temer al rubor del titubeo que, en este momento, no hay elixir ni golosina que supere a lo que estoy ingiriendo. Pasas de uva, grandes como guindas, suculentas, casi empalagosas, derritiéndose en mi paladar con el suave y contundente aporte de una pasta de maní. ¿Y el champagne? Pamplinas si se comparan con este medio litro de naranjas y limones que me bajo de una, la botella de vidrio al pico y todo ese brebaje esplendoroso, un amrita alucinante recién batido y tan frío, con hojitas de menta y stevia y jengibre picado ( excepto este último, todo lo mencionado es orgánico), menú express, ultra saludable, cuesta dos mangos, no mucho más. Mindfulness y hedonismo de alto vuelo en acción.

Me distraigo, escucho al viento, las hojas que se mueven, toco la A, la B, la C. Observo a mis dedos flotando o pinchando vocales. Pienso en las esdrújulas, pero ya me estoy yendo. Vuelvo a mis dedos, sobre este teclado, me rindo ante el sabor de las uvas, las guindas que imagino que hay adentro de las uvas, vuelvo al sabor del limón, la naranja recién arrancada del árbol, exprimida. La Felicidad es muy accesible. ¿Por qué nos empeñamos en rechazarla como si fuese un engendro piojoso que nos babea la dignidad? Usamos una parte muy, pero muy pequeñita del potencial de nuestro cerebro y, en consecuencia, de nuestras emociones. Sentimos una estafa de algo o de alguien al enterarnos de esto. Apelando a la resiliencia, podemos transformar el asunto en varios caminos que podrían homenajear a Marco Polo. Epifanías que abundan en el diario vivir, antes de que se evaporen entre nuestro colesterol mental. Habrá que detenerse. Tal vez ese sea uno de los momentos para elegir, decidir qué hacemos y qué pensamos con nuestro radar interno, un socio, ponele, o primo hermano del inigualable presente.

 

© Nicolás García Sáez