Siempre me resultaron muy interesantes los lugares abandonados, espacios, tiempos y energías que en algún momento contaron con un presente glorioso. He recorrido castillos, palacios, mansiones, casas, habitaciones, cuchitriles y agujeros perdidos en el medio de las tinieblas. ¿Y qué hay allí? Pues eso, algo que aún persiste y resiste y que, en muchos casos, se recicla, pasando de ser, por ejemplo, una casa embrujada y empapada de leyendas medievales, a un edificio de siete estrellas, con un arsenal de jacuzzis en la terraza y una vista esplendorosa e inigualable hacia las sierras, majestuosas y eternas, que solo te pueden invitar a pensar en el futuro.
Hace algunos días que estoy con fiebre, la de ayer fue arrolladora, me duele todo el cuerpo y etcétera. Y he percibido, con atención agridulce, como las cosas se pueden deteriorar en muy pocos segundos. Así como crece un brote, lento como el paso de un caracol dormido, también crece la mancha en el piso o el vuelo de la mosca, que no deja de pegar saltitos alrededor del plato con pizcas de alimento. Si ese plato sigue ahí, es probable que miles de hormigas rojas, y algunas negras también, se hagan cargo de la faena, comiéndose hasta los esqueletos de esas mismas migajas, que por ahora solo son potestad del zumbido molesto de la mosca.
Con treinta y nueve grados encima, sumado a una sensación de haber sido apaleado por una horda de hooligans y algunas noticias del microcosmos que, a priori, causan cierta zozobra, no tengo ganas de lidiar con eso otra vez. Pero tampoco me tientan demasiado los pensamientos sombríos que me invaden mientras no digiero el enésimo bodrio (esta vez coreano) que quiere emular el éxito y la fórmula de Breaking Bad: ¨familia tipo se vuelve narcotraficante a raíz de circunstancias azarosas o no tan azarosas¨. Los lamas tibetanos la tienen mucho más clara, acudo a ellos sin dudarlo: apretar un botón en el control remoto nos permite un acceso instantáneo al Paraíso.
Aun así, luego de escuchar mi respiración durante varias horas, la zozobra en la sombra permanece. Probablemente haya un aprendizaje en aquel meollo, pero prefiero entrar en la rueda del movimiento. Bailo. Soy Godzilla pisando espinas, soy Caperucito antes de ser devorado por el lobo, soy Frankenstein hecho con la madera verde de Pinocho. Suelo hacerlo mejor , pero hoy no me quiero decepcionar a mí mismo. Dejo de bailar. Temo ser presa de esos pensamientos si me abandono. Oh, la inquietud, arma de doble filo que ladra como un perro alegre o emite el murmullo de un duende.
Al intenso calor del verano, se suma el calor del cuerpo, de los pensamientos, de las emociones. Hay algunos caminos: el más sencillo es tenderse a rumiar lo insoportable, esperar y no hacer nada, ergo, abandonarse. Luego está el otro que te irrita y te incita, por partes iguales, a preparar un almuerzo o una cena: pelar verduras con el pulso tembloroso puede ser un chiste muy malo o un gran desafío. Limpio y sin moscas, una vez servido el alimento recién hecho sobre el plato, se produce esa concatenación de sucesos, tan leves como extraordinarios, que permiten salir de la madriguera para plantar el primer ladrillo de un edificio.
© Nicolás García Sáez