Luego de estar absorto en la contemplación sonora que dejó la lluvia nocturna y antes de caer en el tintineo fútil de la virtualidad, me propongo escribir un crudo que, supongo, apenas se cocerá con el retoque propio y fugaz del oficio.
Todo tiene que suceder durante un lapso de diez minutos: esta fue una de las tantas consignas que propuse varias veces en mis talleres de narrativa. ¿Qué se puede escribir en ese fragmento tan acotado como extenso de tiempo? En esa decena caben infinidad de posibilidades. Veamos
La voz, me percato en la breve cocción, una vez leída, tiene un paso firme y raudo. Ese puede ser un punto interesante para desmenuzar en los siguientes tres minutos. Imagino, luego, de repente, un avión sobrevolando algún rincón de la Polinesia: alguien se tira con su paracaídas y, en pleno vuelo, tiene que escribir un poema con cinco palabras: ¨Océano, estoy yendo hacia ti¨.
Llegando a la mitad del tiempo estimado para la consigna, reflexiono, durante los siguientes dos minutos, acerca de otras posibilidades que puede acarrear la decena propuesta: en ese lapso puedo inmortalizar a las plantas de mi patio que apenas bailan, un vaivén que las muestra como si estuviesen conversando y la niebla detrás, cubriendo o descubriendo, según cómo se mire, a la sierra omnipresente. Dicho esto, puedo inmortalizar, también, a esa gota, colgando en el borde la canilla, que se bambolea en cámara muy lenta y no termina de caer sobre el vaso vacío que no le presta atención.
En los siguientes dos minutos, tal vez aparezca una sugerencia para aliviar (momentáneamente) la rutina de alguien, misiva que a priori cosechará la indiferencia, aunque luego ese inconsciente recopile y agregue un mar de porotos para su función.
Y este último minuto lo utilizaré para coser, voy hacia arriba de este mismo texto, al medio, debajo. Agrego un punto y aparte y un adjetivo, pienso en las diferencias y las semejanzas que hay entre la voluntad y la atención.
© Nicolás García Sáez