Como en una película sin fin, incluso cuando dormimos, deambulan por nuestra mente alrededor de sesenta mil pensamientos diarios. El noventa y cinco por ciento de esos pensamientos se repiten, como un eco, van y vienen tarareando la misma cantinela, a cada segundo, minuto, hora y día de la semana. 24/7. También durante meses y años ¿Lo pueden imaginar? Por si esto fuera poco, damas y caballeros, el ochenta por ciento de esos pensamientos son negativos.
Teniendo en cuenta esta información, consultada en varios estudios científicos, uno o una podría presuponer que, de ahora en adelante, cuenta con casi sesenta mil diamantes (por citar algo valioso), perlas fulgurantes y etéreas (o no), con todo el potencial del universo latiendo en cada uno de sus magmas. Como dijo el filósofo Castoriadis: “algo de donde extraer, para luego construir”.
¿Y qué es el pensamiento? Resulta muy curioso que esto no sea -luego de aprender a profundizar en la lectura y la escritura- lo siguiente que se enseñe en los colegios primarios. Es importante, claro, saber si hace frío o calor, si el día está nublado o sale el sol, pero el párvulo o la párvula también asimilarán que ese maravilloso dolby de imagen y sonido que bombardea permanentemente sus cerebros es, además, un gran instrumento para solucionar serenamente los problemas, disminuir el juicio sobre uno o una y, por lo tanto, sobre los semejantes, amen de brindar la inigualable oportunidad de razonar, conceptualizar y deliberar productivamente.
Presentado así, en la utópica infancia o en nuestras realidades, el pensamiento puede transitar, de ahora en más, sin grandes pérdidas de tiempo, elevando el porcentaje disfuncional en el terreno de la resiliencia: allí se optimiza para pensar mejor, hablar mejor y actuar mejor.
© Nicolás García Sáez
Continuará…