Ayer o mañana

Hace varios días que los recuerdos se vienen acumulando adentro mío, rauda o paulatinamente. Algunos aparecen como fantasmas apurados, otros se quedan a beber lentamente la sombra agridulce de mi melancolía. Están los que van horadando mi energía diaria hasta ponerme a contemplar las libélulas que no existen, o esos otros que me dejan haciendo flexiones en mi jardín, como si fuese un marine que se olvidaron en algún combate trasnochado.

¿Se endurece la piel? La catarata con sal que brota ahora mismo de mis entrañas parece decir que no, tal vez sea culpa de la canción que estoy escuchando. ¿Qué es lo que sucede entonces? El tiempo, cada vez más veloz. Las respuestas que antes estaban en el viento, ahora son sortijas en la calesita diaria, veinticuatro horas que parecen ir al ritmo trepidante de la inflación.

La receta siempre dictaminaba que había que moverse y aprovechar el momento. Viajar y presenciar. Ir detrás de la Maravilla y tragar saliva. En el filo de esa contradicción, estaba el sabor de todas las cosas. Y uno, que se ha tomado el trabajo y el placer de habitar y deambular como un gitano por buena parte del mundo, sigue buscando -entre las horas, los días, los años- el susurro mágico del pasado, para hacerlo alquimia y abrazarlo con el presente.

Son tantas las veces que se escapan de las manos, ay, los recuerdos. ¿Enumero para retenerlos? Están todos en la punta de mi lengua, la que ahora mismo quiere gritar y cantar: alquimia, dije. Hay trucos muy efectivos para arrastrar a este momento lo que quede titilando en los jardines de la memoria, pero…¿no es más sencillo aceptar las cosas tal cual son e intentar cambiar el matiz de un ápice o la inmovilidad de una montaña?

 

© Nicolás García Sáez