Bongani y la mosca

Fiel a su naturaleza, la mosca zumbaba alrededor. El lóbulo y las cavidades en las orejas humanas, hasta el canal auditivo, le resultaban un puente al Paraíso. Bongani, que en ese instante intentaba meditar bajo la sombra de un baobab, no pensaba lo mismo. El sonido del revoloteo le parecía insoportable. Así, estiró el brazo derecho y descargó una bofetada en su propia oreja. Fue un golpe seco, no hubo tiempo para más. La mosca, en la palma de su mano, se convirtió en un pequeño deshecho de materia distraída. Bongani la observó y se largó a llorar. Esa noche soñó con ella. Al despertar, ya había tomado una gran decisión.

En aquel rincón sumergido en el Delta del Okavango, se encontró con un elefante, besó su trompa y acarició su lomo gigantesco. Los monos y las cebras rieron y lo saludaron. La energía que desprendía era una ráfaga deliciosa y toda la fauna de aquel lugar mágico y africano se había congregado en torno a él. “Los reuní para comunicarles que he matado una mosca”, dijo Bongani, guardián de la Reserva, con tono solemne. Los animales quedaron boquiabiertos. Algo sucedió. Un león admitió que cada tanto se comía una jirafa. Un cocodrilo se ruborizó al recordar a aquel humano masticado dentro de su boca. Una pantera estuvo a punto de lanzar varios mordiscos al aire. En ese espacio, respetuoso de la Naturaleza, no había violencia, pero la cadena alimentaria había sido trastocada. Entonces hubo una promesa general que se cumplió a rajatabla.

Pasaron los días, las semanas, los meses.

De a poco, comenzaron a llegar decenas, cientos, miles de animales y turistas provenientes de los cinco continentes. La Reserva se volvió un faro planetario entre los peregrinos que buscaban extender los horizontes de la paz y la reciprocidad. Todos querían corroborar lo que se decía acerca de aquella selva sagrada.

 

Microcuento: © Nicolás García Sáez

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