Entre el bindi y la selfie

En la antigua India, las mujeres casadas se pintaban un círculo rojo en el medio de la frente. Ese puntito, llamado bindi, representaba y sigue representando todo el inmenso potencial que habita en nuestra energía interior. Según varias historias y leyendas, el bindi era pintado con mercurio. De este modo, si el Romeo de la desafortunada estiraba la pata antes que ella, la mujer del susodicho inmediatamente frotaba su frente y lamía  la plata líquida del elemento que había entre sus dedos. En esa fiebre apasionada se deshacía hasta el fin de las sombras, intoxicándose con el mercurio que, poco a poco, se introducía en su piel y en su sangre. Puro e inconmensurable amor, la dama se iba consumiendo. Una vez etérea, emprendía el viaje junto al alma de su amado.

Tengo varias aficiones, entre ellas mi interés sobre la India: cuando puedo leo libros sobre aquel país o veo documentales y propuestas de viajeros y viajeras que abundan en You Tube. Ayer, por ejemplo, estuve viendo en esa plataforma un documental dedicado a la ciudad de Nueva Delhi. En medio de algún plano secuencia, aparecía una mujer hindú, con su bindi rojo pintado con arena de granos de arroz. Entre el elemento y el alimento, pensé, radica el quid de la distancia que abarca, como en un abrazo que pudo haber sido y no fue, la actitud (o el potencial de la energía) que diferencia a la antigua esposa de tantas damas que acompañan nuestra contemporaneidad.

¿Alguien se imagina a una mujer casada de hoy en día, envenenándose para acompañar el vuelo de su marido? ¿Alguien se imagina a su viceversa, el Romeo, cortándose las venas con un sticker? Algo me dice que no. En principio, porque agoniza la institución del matrimonio: en esta actualidad nadie se casa, excepto algún o alguna rara avis que reemplazan, en rareza, a los solteros y solteras de antes, que hoy son mayoría. Y luego… esta posmodernidad tan líquida te cambia, sin dilación, el mercurio por la selfie y los granos de arroz que hubiese recibido la recién casada, hoy se utilizan para hacer buñuelos o una buena tortilla con ensalada. En aquella remota antigüedad los vínculos iban del principio hacia el fin, contemplando todas las estaciones, sin excusas, atravesando tempestades y reviviendo juntos los amaneceres luminosos. Hoy un vínculo se evapora por un adjetivo virtual fuera de lugar, un titubeo o un meme que no colmó las expectativas de una carcajada.

 

© Nicolás García Sáez