Vuelo

Camino bajo la noche. Unos perros ladran, hay grillos que han surgido a través de la niebla del invierno. Cruzo un llano amplio y prolijo. Observo la luna, nos saludamos.

Decido abstraerme para poder contemplar mejor el centelleo. La pileta, construida en la década del setenta, tiene forma de ocho, con tendencia, es un decir, al paralelogramo, podría sumarle medio punto (se lo merece) y rendirle un homenaje Fellinesco. Las venecitas me maravillan, zigzaguean azules y blancas, celestes, turquesas en el agua nocturna.

Llega el impulso. Me tiro de cabeza, el líquido es casi helado. La primavera, al sol, puede arrullar la templanza, pero aquí todo se vuelve más frío. Atravieso el cristal. Allí estoy. Mis pensamientos corren a diez mil -tal vez más- kilómetros por hora. Me duelen todos los sentidos. No es la primera vez que hago esto, forma parte de los rituales que realizo algunas veces al año, fuera de toda temporada, uno de esos hábitos que  mutan, en cuestión de minutos, el color del vértigo al valor de la esencia.

Imprescindible hacer acopio inmediato de presente. Aquí, ahora, suspiro bajo el agua, comienzo a moverme, hago flexiones, arranco, nado, vuelo. En ese devenir, uno se desliza y desplaza y va hasta el fondo y emerge a la superficie, tranquilamente. Lo interesante de las epifanías es que te ahorran una cantidad ingente de tiempo. Durante el trayecto, se vislumbran respuestas, aciertos, paisajes, lo mejor de cada momento. Permanezco allí durante media hora. Salgo.  Entre el cosmos , la luna decide despejar algunas sombras innecesarias

© Nicolás García Sáez