La constancia del relámpago

Quiero dejar constancia de este momento. Podría haber hecho una foto (la hice), un video (lo hice), un dibujo o una pintura que, por ahora, solo quedan boyando en la idea, pero prefiero escribir.

¿Y qué tiene de particular este momento? Nada que merezca la pompa gentil y el arrebato ajeno, ni siquiera el regocijo en el tenue placer del escándalo, tampoco es merecedor del lugar privilegiado que tuvo el primer hombre que pisó la luna. Este momento es un fragmento de un domingo de otoño, como cualquier otro, aunque  siempre será único, irrepetible.

¿Para qué dejar constancia entonces? Para confiar, por enésima vez, en los meandros internos que casi siempre navegan hacia buenos puertos. Por ejemplo, en una comparación interesante, aparece uno de mis relámpagos recurrentes: la imagen del Macchu Picchu, majestuoso, alucinante, la cereza de un postre coronando  tres días de adrenalina y romanticismo luego de atravesar, varios años atrás, el mítico Camino del Inca. ¿Y ese relámpago, con quien compite? Con esta imagen actual de la sierra nublada, fría y melancólica, compartiendo el diálogo de los pájaros y el baile de las hojas leves, bajo el cielo gris.

Es interesante registrar cuando la competencia es con uno, adentro de uno. Quiero superar a mi propio relámpago peruano sin dejar de acompañar al más tenue, que es el gran dueño de este presente. No es poco. Contemplo la niebla entre las sierras, estoy sentado pero, con este encuadre, siempre estoy viajando. Si así lo decido, esta imagen puede ser mi Macchu Picchu diario, o puede ser un nuevo desafío: de aquí hasta allí son menos de cinco kilómetros, podría ir ya mismo, corriendo, saltando sobre las piedras gigantescas para llegar hasta la cima, pero prefiero imaginar, mientras escucho unos cuencos, que detrás de esa sierra se encuentra la India.

 

© Nicolás García Sáez