
Me tomo el grandísimo atrevimiento, con todo mi inmenso cariño y respeto, de meditar sobre lo siguiente: ¿y si yo también exijo lo casi imposible en este mundo actual y le solicito a uno de mis faros que, antes de arengar, si o si tiene que estar Iluminado?
No quiero que este faro ultra preparado, con grandes experiencias y contactos, se despierte en la próxima vida, ni en su decimoquinta reencarnación, si tiene la fortuna de nacer humano, lúcido y saludable, nada de andar hibernando como una oruga en un nido de seda, mariposa y mandala, ni de ser un búho beodo con tanto amanecer.
Así las cosas, mientras lo veo y escucho, uno de mis faros referentes, un buen tipo, comete cierta displicencia al destacar algunos comentarios que a mi gusto le resultan una pizca torpes y otra pizca soberbios. Es humano, claro, por lo tanto alguna que otra vez la puede pifiar.
En el mundo del revés, las cosas funcionan así: arriba, abajo, sin costados aparentes. El faro parece observar el horizonte y, si está de buen humor, saborea las luciérnagas. Del otro lado hay luces parpadeantes, imperfectas, pero también muy nobles y entusiastas.
Ya no sé si estoy soñando, pero de repente este faro se hace el divo. Siento reflectores un tanto artificiales más allá de lo divino y caigo en la cuenta que al señor le falta un toque, bastante, para llegar adonde exige que lleguen los demás.
El faro parece ver luciérnagas por todos lados. Les recomienda, con voz meliflua, el estoicismo extremo, un imposible, señala que todo lo que hagan ahora, en esta vida, será en vano, ya que están antes o después, adelante o atrás de alguna ola que el Divo Poseidón decide cuando existe y cuando no.
Una cosa es arengar la compasión, el buen pensar y actuar en este aquí y ahora, la disciplina en los ayunos, las lecturas, la natación al alba del fin del estío. Otra cosa es ser un puente que, predicando desde una poltrona florida y comodísima, por un instante, un ápice, un santiamén, tambalea, se cae, hace ruido, no comulga, supongo, con las enseñanzas del caminante que, en su momento, elevado sobre el llano infinito, despertó a una buena porción del mundo.
Texto y boceto: © Nicolás García Sáez