El golpecito sobre el cuenco me despierta. Algo que también me suele suceder con algún agudo de los pianos que ejecutan los maestros que reviven a Chopin. Cuando uno anda despierto, escuchar esto es la mar de agradable, pero una vez interrumpido el periplo del sueño, si luego no es sencillo volver a conciliarlo, puede ser un grato inconveniente. A nadie le interesa ser portador de insomnios, pero si el descanso venía siendo bien navegado, restablecida la postura adecuada del cuerpo, nada de esto nos evitará volver a los tenues arrullos de Morfeo. Ese golpecito, aquí llamado ¨percusión¨, es la mitad de toda la técnica que se necesita para aprender a extraer de un cuenco tibetano, y luego difundir (a uno mismo, a otras personas) su delicado, delicioso perfume sonoro.
La otra técnica se denomina ¨batido¨ y consiste en friccionar la baqueta sobre el borde, para que luego el cuenco comience su milenario acto de magia, emitiendo sonidos que nos llevarán a interiorizar cuestiones de índole variopinta: mi preferida es la que invita a transitar ese pasillo aterciopelado de penumbras mágicas que van de la vigilia al sueño. Luego de eso, todo es un continuo paisaje sereno, tibio y sutil.
© Nicolás García Sáez